El universo de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

PCV. — Algunos filósofos de la medicina –Gregory House para ser más precisos- dicen que lo nuevo es malo y que lo viejo, lo ya conocido, permite un margen de acierto mayor. Lo viejo, para ellos, es lo bueno. Lo que les conviene.

¿Cabe aplicar esa lógica a la obra literaria de Mario Vargas Llosa? Rescatando sus relatos de juventud, pareciera que surgen, a primera vista, rasgos de tradicionalismo novelesco en su pluma. Día domingo, relato incluido en Los jefes, da cuenta de lo anterior. Su estructura narrativa es simple, el argumento presentado con prontitud y los personajes entran en juego con clara espontaneidad (lo que se espera de un relato corto, por cierto).

Escrito entre 1953 y 1957, Día domingo busca transmitir la añoranza de su autor por los viejos tiempos en el barrio de Miraflores antes que convertirse en una narración rupturista, provocadora, que altere las convenciones utilizadas por esos años. Y cumple su función, ya que presenta una historia dinámica, que cala hondo en el momento de su clímax y que transmite las incertidumbres propias de la juventud con un lenguaje claro y puro.

Los cachorros, por otra parte, nouvelle concretada en 1965, marca un cambio en las formas narrativas de Vargas Llosa y que lo seguirá muy de cerca –Pantaleón y las visitadoras, El hablador, son algunos ejemplos de esta innovación-. La presentación del relato, a diferencia de la frialdad climática y social de Día domingo -un gran cuento invernal-, es un torbellino de ideas, sensaciones y sentimientos.

El narrador escupe en la trama; Vargas Llosa lo hace en el papel. Y no en un sentido peyorativo. El gran acierto de su autor viene dado por sus propias palabras: «Quería que Los cachorros fuese una historia más cantada que contada»[1]. Y, al parecer, funciona. La intercalación de voces en tercera persona, onomatopéyicas, en primera persona, en plural, en singular, se deshace con la misma facilidad que la vida del protagonista, Pichula Cuéllar.

El contraste entre ambos relatos es evidente. Mientras Día domingo es lo viejo, Los cachorros es lo nuevo en el universo de Mario Vargas Llosa. Si aquello merece juicios de valor respecto a la globalidad de su obra, es tarea de críticos literarios. Lo que sí podemos dar cuenta es que su pluma, en esos diez, doce años entre cada obra, adquirió técnicas radicalmente opuestas a lo que convencionalmente se hacía en su juventud; es decir, y utilizando términos asociados a Pichulita Cuéllar, Vargas Llosa emasculó de sí mismo el tradicionalismo narrativo inicial que le permitió, posteriormente, alcanzar los ribetes de maestría que lo han catapultado a estándares literarios poco comunes.

Jorge Edwards logra un efecto similar en el Inútil de la familia. Rescatando a su tío desgraciado, el inútil de Joaquín Edwards Bello, su obra juega prolijamente con la incertidumbre de si es él, Jorge, quien habla y actúa en el relato, o si se trata del miserable de Joaquín.

Cabe finalmente preguntarse si Vargas Llosa fue un aventurero al emprender una transformación literaria tan arriesgada. Claramente lo que hizo con Los cachorros no era lo que le convenía: no era el traecto fácil por las calles de Miraflores. Y como en todo tipo de expresión artística existen detractores, dudo que su osadía haya pasado desapercibida, para bien o para mal. A fin de cuentas, intelectuales de su talla cristalizan sus convicciones con el tiempo y son quienes, en la posteridad, serán responsabilizados y reconocidos por los cambios culturales de la sociedad que integraron. 


[1] Vargas Llosa, Mario; Los jefes/Los cachorros, Chile: Editorial Seix Barral, 1996, p.IX

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