Leyendo «La Carretera», de Cormac McCarthy (I)

PCV.- Este es el relato de la lectura de un gran relato. La novela «La Carretera», de Cormac McCarthy prontó tendrá su versión fílmica en los cines del mundo. Pero antes de visualizar en la pantalla, imaginemos con la palabra.

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[Páginas 9 a 62]

Un relato desolador.

El paisaje es el remanente del mundo luego de una hecatombe. Quizás un holocausto nuclear que arrasó con todo, incluso con los nombres de los protagonistas, un padre y su hijo. El narrador se refiere a ellos como el hombre y el niño.

La novela retoma uno de los tópicos clásicos de la literatura: el viaje. Dos sobrevivientes caminan empujando un carro de supermercado —cargado de objetos— a través de una carretera desconocida. Están en Estados Unidos, pero ya no hay estados. Alguna vez los hubo, le dice el hombre al niño. Pero ya no están. Todo se ha ido.

Tienen poca comida, algunas conservas recolectadas. Irrumpen en cualquier edificio o casa, buscando alimento. Algún incauto no saqueó completamente una máquina de bebidas. El hombre introduce su mano y toca algo metálico. Se la da a su hijo, quien dice que tiene burbujas. Su primera Coca Cola:

Toma un poco papá
Quiero que te la bebas tú.
[…]
Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?

Quieren escapar del invierno. Un invierno crudo, «capaz de romper las rocas». Los bosques han sido devastados. El silencio es aterrador y ambos escuchan el latido de sus corazones. El hombre y el niño tienen miedo. La confusión del lector no es la misma que la de los protagonistas. Ellos saben de qué escapan. No sólo es el frío. Escapan de algo peor.

De pronto un recuerdo. El hombre evoca una conversación con su mujer. Ella no quiere vivir. Se enfrascan, dice la narración, en discusiones filosóficas sobre la autodestrucción. Algo terrible los acecha. Ella parió un hijo indeseado. No debería haber venido a este mundo, si es que puede llamársele así. El recuerdo del hombre relata que la mujer cree que los violarán, los matarán y se los comerán. Él le ruega que no se vaya, porque la partida es la muerte. Ella se va.

Un destartalado camión diésel aparece. Lo rodean esperpentos que alguna vez fueron humanos. Eso es lo que cree el hombre. El miedo es supremo y deciden escapar por un bosque o lo que queda de él. Pero uno de los sujetos se desvía. El hombre le apunta con su pistola y lo interroga. Se describe su apariencia:

«Los ojos engolletados de mugre y profundamente hundidos. Como un animal metido en una calavera mirando por los agujeros de los ojos […] Era enjuto, nervudo, raquítico».

Trata de atacar al niño, pero el hombre lo asesina con precisión. Escapan del único ser viviente —ahora muerto— que han visto en un año.

El niño le pregunta al hombre si ellos siguen siendo los buenos. Sí, le contesta él.

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