«El triunfo de la memoria»: Una mirada al Museo de la Educación Gabriela Mistral

PCV.— El 8 de septiembre de 2009, el Museo de la Educación Gabriela Mistral celebró 68 años de vida contribuyendo, como reza en su sitio web, «al conocimiento y desarrollo de las múltiples dimensiones de los procesos socio–educativos en Chile, a través del acopio, conservación, enriquecimiento, investigación y difusión del patrimonio pedagógico del país». El siguiente escrito es una reflexión sobre el rol del museo en la conservación del patrimonio de un país, enfocándose en el ámbito de la educación.

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Introducción al campo de batalla
El museo es el campo de batalla de la memoria. El paso del tiempo es trágico, inexorable, inevitable; muchas cosas se olvidan y pocas cosas se recuerdan. La vida rutinaria no atiende las necesidades conservacionistas que reclama la herencia física y cultural de las personas y las sociedades.

Sin embargo, esta no es una batalla perdida pues los combatientes laboran con aspiraciones compensatorias, aunque sea en silencio y muchas veces abnegación. Los historiadores —interpretadores del pasado antes que mero divulgadores de hechos— se valen de armas concretas, las fuentes, los archivos, para darle sentido a lo pasado. Construyen relatos plausibles para entender una gran pregunta: «qué pasó».

Y el museo, con su artillería bien cuidada, con sus defensas claras, es el espacio donde la memoria lucha contra el olvido. Si la historiografía es un reducto complejo, el museo es masivo en sus aspiraciones: cualquiera puede ir y observar, leer y sentir. La historia, podríamos decir, se vuelve concreta, a la espera, eso sí, de una interpretación personal con la historia personal de cada visitante de esos reductos de la historia.

Fundamentos del museo
El primer antecedente del Museo de la Educación Gabriela Mistral (MEGM) es una exitosa Exposición sobre enseñanza realizada en el Museo de Bellas Artes en 1941 y que fue convertida en el Museo Pedagógico de Chile a través de un decreto firmado por el presidente Pedro Aguirre Cerda, el mismo del «Gobernar es educar».

Desde entonces, seis instalaciones han acogido la muestra. En 1981 se trasladó al edificio de la Escuela Normal de Niñas N°1 “Brígida Walker”, que data de 1886. El terremoto de 1985 dañó la construcción, por lo que recién en el 2006 se reinauguró con su nombre actual, en honor a la Premio Nobel de Literatura chilena.

Estos antecedentes son relevantes para un análisis del MEGM, pues no se trata —como en otros recintos museísticos— de una construcción reciente; acá estamos ante una construcción con una historia ligada a la enseñanza y el aprendizaje. ¡Qué pensarían las pequeñas mujeres que algún día entraron para ser normalistas a un edificio que hoy es un museo! Parte de ellas respira aún en ese lugar.

El MEGM es, en la actualidad, el principal depositario del patrimonio y la memoria ligados a la educación en Chile. Al respecto debemos hacer algunas distinciones aclaratorias de ambos conceptos.

Al hablar de patrimonio nos referimos a algo heredado, que pasa de mano en mano. En su sentido económico, el patrimonio es lo que un padre le puede legar a su hijo para su sobrevivencia. El patrimonio tiende a adquirir forma física, concreta, traducida en bienes tangibles adquiridos con el tiempo y que se conservan con preocupación y afecto. El patrimonio educativo tiene forma de campanas, pupitres, varillas y pizarrones. Marca jerarquías: la tarima pone al profesor por sobre sus alumnos. Tiene la textura de la madera que golpea y del hierro tosco que permite experimentar. El patrimonio educativo tiene imágenes: rostros anónimos y otros no tanto; tiene forma de placas recordatorias; tiene libros que contienen métodos de enseñanza y consejos para los estudiantes.

La memoria, en cambio, tiende a ser intangible, vaporosa. Se nutre, fundamentalmente, de los relatos orales, las experiencias, los fenómenos, las dinámicas propias de un tiempo y que hoy son vistas a través de ojos críticos y atentos. La memoria es el patrimonio intocable: el sonido de una campana, no su textura; la voz dulce de una maestra, no la costura de su delantal. Es lo que fuimos a través del tiempo, ahora como un susurro al oído. Para definirla, la Real Academia Española habla de un «Monumento para recuerdo o gloria de algo». La memoria es gloriosa, porque triunfa. Lo que es olvidado, sin embargo, no tiene porque ser un «algo» derrotista, pues el olvido no siempre es legítimo y aceptable. Los tormentos del pasado, los golpes en el aula, también son parte de nuestra memoria educativa. Sin su recuerdo siempre latente, hoy seríamos menos humanos y dignos en el trato mutuo. El recuerdo es sano, siempre que se rodee de cedazos críticos que lo analicen para mejorar.

Amplia concepción del aprendizaje
El MEGM reúne patrimonio y memoria. El mobiliario de un aula —visto a través del tiempo— se emplaza en un lugar donde muchas mujeres se educaron para ser normalistas. Lo físico y tangible es «observado» y «tocado» por los asistentes del museo; lo pasado y memorístico, en cambio, es «sentido» por quienes están ahí.

Pero este patrimonio y esta memoria —acá debemos ser enfáticos— no sólo remite a colegios, escuelas, aulas y profesores. La concepción de «educación» que corona el nombre de este museo es fundamental: nos avisa, de antemano, que el aprendizaje recibido por una persona, o la enseñanza entregada por otra, no sólo se remite a los muros de un recinto cerrado.

Es cierto: parte importante de lo tangible y memorístico de la historia educativa de nuestro país debe encontrarse en las aulas, pues ese espacio sigue siendo fundamental en los procesos de socialización de la infancia y la adolescencia. Sin embargo, conforme uno se arrastra cada vez más atrás en los recovecos del pasado, la evidencia indica que la educación formal no era la alternativa prioritaria dentro de la población. Una tarea en desarrollo, pues, debe ser la de la recolección y conservación de la memoria en torno a los aprendizajes y enseñanzas informales, tan variados y apreciables como la mejor de las dinámicas en clase.

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1 comentario

  1. javiera

    Nunca he ido a este museo.
    Me gustaría ir pienso que debe tener mucho que no sabemos sobre educación y su historia. Para los futuros profesores debería ser una obligación conocerlo.
    Quería además saludar a Cosmópolis y s todos sus lectores desearles un feliz año

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