Derecho a la Información: un modesto apronte (III)

3. Hacia una definición del Derecho a la Información

Luis XIVPCV.— Para lograr definir, modestamente, lo que es el Derecho a la Información, debemos hacer un breve repaso histórico. Según Pedro Anguita[1], se pueden distinguir cuatro etapas históricas en relación a la titularidad de la información.

Un primera etapa la podemos situar en el monarquismo absolutista, presente en Europa desde fines del siglo XVI. Después de la aparición y desarrollo de la imprenta, las coronas se valieron de este invento para mejor organización de sus territorios y, fundamentalmente, para tener el control y propagación de las ideas. El monarca absolutista es el titular de la información, pues él monopoliza el otorgamiento de licencias para poder imprimir. De ahí que en la América colonial las imprentas presentes se podían contar con los dedos de las manos. Para graficar este etapa, podemos aludir a Luis XIV, rey de francia durante el siglo XVII, quien bien podría haber dicho, parafraseando su lema sobre la personificación del Estado, que «la información soy yo».

La segunda etapa se inicia progresivamente después de la caída del Antiguo Régimen. Gracias a los impulsos ilustrados del siglo XVIII, y a la revolución industrial radicada en Inglaterra, se sentaron las bases para una industria de la información, donde el libro, siguiendo la tesis de Barbier y Bertho-Lavenir[2], fue el medio que sufrió una segundo revolución que decantaría en el nacimiento de las industrias culturales. Gracias a diversos documentos emanados en esta época —la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano (1789) y la dictación de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos (1791) son sólo algunos ejemplos— se desarrollaría una concepción liberal de la información, distinta del monopolio monárquico. El empresario de la prensa se convertirá en el titular de la información.

La tercera etapa se funde con la anterior y coincide con la toma de conciencia de los informadores —el protoperiodista— de su rol en la búsqueda y producción de información. Al mismo tiempo emergen las primeras escuelas de periodismo universitarias que sistematizan la formación profesional y alimentan la creación de los primeros códigos deontológicos. Ya no sólo el empresario es el titular de la información: el periodista también participa de esta titularidad.

Hay un riesgo, una tentación, de fechar el inicio de la cuarta etapa a partir de la Declaración de los Derechos Humanos (1948) de la Organización de Naciones Unidas. En este documento se sintetizan las tres facultades del Derecho a la información: buscar, difundir y recibir. Ya no es el monarca, ni el empresario ni el periodista; los titulares de la información somos todos. Se reafirma, así, el carácter universal de este derecho, alentado por un siglo XX testigo de la complementariedad y convergencia de medios de comunicación que pasarán de masivos a personalizables.

Trasladándonos al plano de la ética, José María Desantes ha subrayado que el deber profesional de informar corresponde al deber de satisfacer el Derecho a la información. Hay un consenso en las aulas académicas de periodismo de que dos facultades del derecho —buscar y difundir— son delegadas tácitamente en los periodistas y los medios de comunicación respectivamente. Sin embargo, una aseveración así se queda, hoy, en el plano de las ideas. El ascenso de nuevas tecnologías inmediatas y masivas han minado el terreno del periodismo con igual ímpetu y dedicación.

La tarea que le queda al periodismo, quizás, no está consagrado en el Derecho a la información como estipula la ONU. La tarea de editar, jerarquizar, discriminar y aplicar criterios en torno al torrente de información debe ser reclamada por el periodismo. Y para ello, dice Desantes, se debe cumplir el deber de capacitación: todo periodista debe tener formación universitaria, que debe extenderse durante toda la etapa profesional.


[1] Anguita, Pedro; El derecho a la información en Chile (Santiago: 2005, LexisNexis), pp. 26-33
[2] Barbier, Frédéric y Bertho-Lavenir, Catherine; Historia de los medios: de Diderot a Internet (Buenos Aires: Editorial Colihue, 1999).

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