Los políticamente incorrectos disidentes de la ecología

Los mentores del calentamiento global suelen acusarlos de lobbystas, parásitos del capital o tergiversadores de la ciencia. ¿Qué nombres inspiran la oposición al ecologismo? Presentamos a cuatro portavoces del disenso y la discrepancia en materia medioambiental.  

En el siglo XVII, Galileo Galilei —paradigma de una voz disonante, condenada y silenciada— dijo: “En cuestiones de ciencia, la autoridad de miles no vale lo que el humilde razonamiento de un solo individuo”.

Una divisa semejante es la que en las últimas décadas han esgrimido aquellos científicos, políticos y activistas que han osado enfrentarse al ecologismo que denuncia el calentamiento global. En tiempos en que los informes de Naciones Unidas sobre la materia parecen indesmentibles para un lego, y cuando la injerencia de los gases de efecto invernadero tiene apoyo casi unánime, no es fácil disentir.
El 2010 los historiadores Erik Conway y Naomi Oreskes publicaron un libro que denunciaba manipulaciones de científicos sobre polémicos fenómenos: el daño causado por el cigarro, los riesgos de la lluvia ácida, el agujero en la capa de ozono. El título de su investigación delineó el perfil que estos “lobbystas” tenían: “Mercaderes de la duda”.

Conway y Oreskes se referían a personas como Fred Singer, precursor en la investigación espacial y prominente escéptico del calentamiento del planeta; o Frederick Seitz, pionero en la física que estudia las materias sólidas, antiguo presidente de la Academia Nacional de Ciencias norteamericana y cofundador del George Marshall Institute, think tank afín a la industria tabacalera.

Es precisamente el pago por cambiar de opinión —o sostenerla alimentada por el dinero— una acusación recurrente en contra de los disidentes de la ecología. En 2007, poco después de que Naciones Unidas evacuara uno de sus informes más impactantes sobre el calentamiento global, la senadora estadounidense Barbara Boxer recibió una denuncia: el Instituto Norteamericano de Emprendimiento (AEI por sus siglas en inglés), financiado por ExxonMobil, estaba pagando 10 mil dólares por cada artículo que refutara los nuevos hallazgos. Kenneth Green, miembro de AEI, aseguró que ellos buscaban financiar estudios sobre políticas públicas y no sobre certezas científicas.

Pero también existen nombres que, con las mismas credenciales —doctores, científicos— y desde los mismos púlpitos —universidades y centros de investigación— que la prestigiada comunidad científica tiene y usa, han planteado posiciones divergentes, opuestas o matizadas, algunos con mayor elocuencia, otros con ironía, la mayoría con envidiable convicción. Cuatro voces políticamente incorrectas en el debate global sobre el medio ambiente. Cuatro voces que, quizás, se sienten como Galileo cada vez que abren la boca y esperan la respuesta de sus interlocutores.

EL NOVELISTA QUE CRITICÓ LA CIENCIA POLITIZADA
Tras graduarse de Harvard, pudo tener una vida apacible como médico o como profesor en Cambridge. Pero Michael Crichton devino en polémico novelista superventas, guionista, exitoso director de cine y televisión, creador de Jurassic Park e inspirador del nombre de una nueva especie de dinosaurio —el Crichtonsaurus—, descubierta en China en 2007.

Sus detractores dicen que Crichton —fallecido en 2008— explotó el miedo a través de sus novelas: en “Presa”, el miedo a la nanotecnología; en “Sol naciente”, el miedo a la supremacía tecnológica; en “Jurassic Park”, el miedo a la biotecnología. Era su modo de alertar por un progreso sin sabiduría.

Pero fue con “Estado de miedo” (2004) que exasperó a la comunidad científica al cuestionar la hegemonía de la tesis antropogénica en las discusiones sobre el calentamiento global, fenómeno que, sin embargo, acepta. Para él, las causas no eran provocadas por el hombre, menos por las emisiones de Co2. El libro tiene un apéndice titulado “Porque la ciencia politizada es peligrosa”. Ahí estableció un paralelo entre la comunidad científica actual y los círculos científicos soviéticos bajo Trosim Lysenko, donde las posturas disidentes eran aniquiladas.

Según Crichton, el documental “Una verdad incómoda”, de Davis Guggenheim, conducido por Al Gore, falla en distintos aspectos: en los derretimientos en el Kilimanjaro, en el aumento del nivel del mar. Y su crítica más elocuente es la opacidad en los modelos, las figuras y los indicadores usados. “Si el calentamiento global fuera una empresa —dijo en una entrevista con Charlie Rose—, no la podrías comprar, porque no te dejarían hacer el due diligence”.

EL ECOLOGISMO COMO IDEOLOGÍA EXTREMA
Para Ron Arnold (1937), vicepresidente del Centro para la Defensa del Libre Emprendimiento —un bastión pro capitalista con más de 10 mil miembros en todo Estados Unidos—, el ecologismo puede adoptar muchos apellidos: “ecofetichismo”, “ecoterrorismo”, “ecofascismo”, “the bogeyman” (el cuco).

Formado como administrador de empresas en la Universidad de Austin, en Texas, Arnold es considerado el fundador del Movimiento Wise Use (Uso sabio), una corriente afín a los intereses empresariales que fomenta el aprovechamiento desapasionado y desprejuiciado de los recursos naturales. “Gente de la industria —dijo a CNN en 1993—, voy a hacer lo mejor por ustedes”.

Si bien su lenguaje puede ser insultante e incluso amenazante (“Nuestro objetivo es destruir el medioambientalismo de una vez por todas”), Arnold ha denunciado que el ecologismo es propio de una elite, y no de las masas. Así como la literatura pastoril no fue creada por quienes supuestamente vivían ese ideal poético —dijo—, la ideología ecológica no toma en cuenta a los pequeños emprendedores que se ven atados de manos.

Para justificar la creación del concepto “ecoterrorismo”, Arnold aseguró que calzaba bien en los titulares de los periódicos, táctica de explotación simbólica que suele promover su movimiento: “Los hechos no importan. En política la percepción es la realidad”. Poco después de que su libro “Eco Terror. La violenta agenda para salvar la naturaleza” (1997) fuera publicado, una comisión del Senado lo invitó para aportar más antecedentes sobre actos vandálicos hechos en aras de la naturaleza. “No hay ninguna región en los Estados Unidos donde no haya recibido quejas de víctimas del ecoterrorismo”, señaló.

Frente a una ideología que, según él, decide impunemente cuál es el balance humano ideal, Ron Arnold plantea que aquellos que promueven el “uso sabio” han generado crecimiento, desarrollo tecnológico y conducción correcta de la economía.

EL ESCEPTICISMO MEDIOAMBIENTAL DE LOMBORG
Si usted tuviera 50 mil millones de dólares para invertir, ¿qué problema mundial buscaría resolver? Un ecologista de fuste, un miembro de Greenpeace o un activista diría “promover el uso de energías limpias”, “evitar la contaminación de las aguas” o “reducir los gases de efecto invernadero”. Un fotogénico cientista político danés, que se considera a sí mismo ecologista, elegiría otra cosa.

Bjørn Lomborg (1965) —conferencista TED, autor superventas y enemigo de distinguidos círculos de científicos— es autor de “El ecologista escéptico”, libro lanzado el 2001 y que “The Economist” calificó como el más valioso sobre políticas públicas y medio ambiente publicado en la última década.

Ahí, Lomborg habla de la “Letanía”, descrita como un diagnóstico extremadamente pesimista —según él por grupos ecologistas— sobre el deterioro de la naturaleza y de los recursos del planeta. “Todos hemos escuchado esta Letanía”, escribe en su obra. “Pero hay un solo problema: no parece estar apoyada por la evidencia disponible”.

Lo de Lomborg es la probidad estadística —se ha especializado en ello— y la transparencia en el uso de cifras. Su pluma se inmiscuye en las hectáreas ganadas o perdidas en Canadá durante un año (él dice que aumentan en vez de disminuir) antes que en cuestiones morales o filosóficas. Su pretensión, dice, es hacer un diagnóstico del mundo, desprovisto de posiciones recalcitrantes u obcecadas.
Su cruzada, sin embargo, no sólo busca desmitificar números. También es un activista reconocido y promotor del Consenso de Copenhague, que elabora proyectos enfocados en los grandes problemas mundiales y que relega, sin excluirlo completamente, el tema del calentamiento global.

Enfrentado a la pregunta planteada inicialmente, Lomborg diría que el problema mundial a resolver es el sida. Es la respuesta de un ecologista, como él mismo se considera, pero escéptico.

PATRICK MICHAELS: EL CALENTAMIENTO GLOBAL COMO BENEFICIO
Patrick J. Michaels (1950) es un escéptico del cambio climático. Y, a pesar de ello, puede estar en la lista de los más respetados. Su trayectoria profesional y sus pergaminos académicos equilibran una balanza donde muchos otros descienden bajo acusaciones de precariedad intelectual o falta de rigor científico.

Ex presidente de la Asociación Americana de Climatólogos, Michaels asegura no estar en contra de los principios científicos del efecto invernadero y sostiene que, efectivamente, en los últimos años ha habido un aumento en la temperatura global. Lo que discute, no obstante, es que los cambios sean catastróficos y que, incluso, estos podrían beneficiarnos.

“Objetivamente hablando, cualquier cambio ambiental debería tener tanto beneficios como efectos negativos”, escribió en 2004. “Hay literalmente miles de experimentos en la literatura científica que demuestran que mayores concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono —provocada por la actividad humana— aumentan notoriamente la producción de comida”.

En Estados Unidos, los medios han ventilado denuncias sobre conflictos de intereses de este investigador del Cato Institute (100 mil dólares le habría entregado una cooperativa de energía eléctrica en Colorado).

Él se ha desentendido y ha replicado con el mismo argumento. “¿Por qué las noticias sobre el calentamiento global siempre son malas? Quizás porque hay pocos incentivos para mirar las cosas con otro prisma. Si lo haces, eres susceptible de ser ridiculizado por tus colegas. Si el calentamiento global no es una amenaza, ¿quién necesita todos esos recursos?”

Fue alabado por su libro “Clima de extremos. La ciencia del calentamiento global que no quieren que usted sepa” (2009) y ese mismo año, en su columna “Cómo manufacturar un consenso climático” —publicada en The Wall Street Journal”—, Michaels denunció que los científicos han sesgado la información de “la Biblia”, al referirse a la literatura especializada en el tema.

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