Imagina que te llamas Peter Arnett

Peter ArnettPCV. — La historia se cuenta más o menos así. Imagina que es marzo de 2003. Te llamas Peter Arnett y estás cubriendo la invasión a Irak para la cadena estadounidense NBC. Accedes a ser entrevistado por la televisión local y afirmas que la coalición militar anglo-americana ha fracasado debido a la resistencia irakí y que la implementación de políticas locales para detener el caos ha sido lenta. En un comienzo tus jefes te defienden. Pero cuando lo meditan mejor dan un pie atrás y prefieren desentenderse de tus palabras. Deciden, finalmente, despedirte.

Después de haber herido el amor propio de la nación más poderosa del mundo —pero que hoy, en medio de la crisis, se yergue como un animal lastimado—, crees que tu carrera periodística se ha acabado para siempre. Pero estás equivocado. Una cadena belga de televisión, VTM , te contrata al igual que la emisora griega NET Television. Al parecer, muchos estaban esperando a que estuvieras disponible.

Es que tu repentina cesantía te dejó en estado de conmoción, en plena zona de guerra, y olvidas parte de lo que has hecho en tu vida. Te sientas en medio del frenesí irakí y no recuerdas que, de tus 69 años, 40fueron vividos en lances en el campo debatalla, desde Vietnam a Bagdad, desde Saigón a Afganistán.

Quizás el premio Pulitzer que obtuviste en 1966 por tu cobertura de la Guerra de Vietnam sirva para aclararte un poco. Pero no. Aún olvidas que estuviste a punto de morir cuando acompañaste a un grupo de soldados estadounidenses en misión de rescate durante el conflicto. No te importó que los que esperaban ayuda estuviesen en medio de la selva, acechados y superados por la hostil milicia local, dispuesta a todo con tal de defender su país. Estabas de acuerdo con la guerra.

Seguramente olvidas que, poco a poco, tu opinión cambió. En tu mente hay un vacío si te hablan de las presiones de todo tipo que recibió AP, el medio para el cual trabajabas, para sacarte de la región, para que dejaras de reportear esas pequeñas y atroces historias de los soldados y civiles, envueltos en un conflicto que lo peleaban las grandes potencias, los grandes intereses, no ellos.

Aunque no podemos negar que sigues conmocionado, quizás algunos momentos memorables lleguen a tu mente si avanzamos un poco en el tiempo. Como cuando mil millones de personas te vieron a ti, a Bernard Shaw —hombre ancla de CNN — y a JohnHillman transmitir el 16 de enero de 1991, en vivo y en directo, desde el hotel Al-Rashid, mientras el cielo de Bagdad se iluminaba con el bombardeo aliado y los misiles antiaéreos dela Guardia Republicana irakí.

Suponemos que tampoco podrías comentar el hecho de que 34 miembros del congreso estadounidense hayan enviado una carta a CNN , tu empleador en ese tiempo, acusándote de practicar un «periodismo antipatriota» desde la zona del conflicto.

¿Te suena una película llamada “LiveFrom Bagdad”? En 2002 Bruce McGill te suplantó para mostrarle al mundo lo que sólo escuchó en CNN esa noche del bombardeo; para mostrarnos que ser corresponsal de guerra no es como sentarse a mirar batallas por televisión, inodoras e insensibles, frías ylejanas.

Al parecer, tampoco estás encondiciones de rememorar el momento enque Saddam Hussein te respondió que «no me importan las consecuencias, Alá está a mi lado en esta lucha» cuando le preguntaste si sentía que fue un error no haberse retirado de Kuwait ante la resolución 678 de Naciones Unidas. Menos podrías evocar la entrevista que le hicisteen 1997 al hoy clandestino líder de la red terrorista Al Qaeda, Osama Bin Laden, la primera realizada por un periodista occidental, donde te comentó sus sueños de transformar el mundo árabe partiendo por expulsar todas las tropas militares y toda influencia económica ycultural estadounidense. Tu cultura.

Aún no lo entiendes. Piensas que tus dichos y hechos del pasado te han dado la espalda y te han golpeado el rostro fuertemente. No lo entiendes. Y tú, Peter Arnett, aún sigues en Bagdad, ya no como el reportero con más guerras y conflictos bélicos en el cuerpo sino que como cesante espectador de un conflicto que, sientes, se le fue de las manos a los Estados Unidos. Y decirlo te costó caro.

Ingresas a Internet. Quieres saber qué se ha escrito sobre ti. ¿Y qué encuentras? Tu biografía en Wikipedia es un artículo de escasas referencias o citas confiables. Pero es un avance. Un tiempo atrás estaba en «cuarentena» y nadie podía modificarla, ya que su contenido se había escapado del «punto de vista neutral» —casi una contradicción— que la organización estipula previamente para todos sus artículos. En ese momento, en 2005, tus fanáticos, ante tu despido, se adelantaron y glorificaron tu historia. Tu épica profesional. Más de lo previsto, pero lo suficiente para que la leas y vuelvas a confiar y creer en ti mismo.

Te contactan de un importante medio escrito. Te quieren a ti. No lopuedes creer. Aunque tus colegas te respetaban porque nunca confiaste en nada que no vieras con tus propios ojos, aceptas. Un reconocido tabloide inglés opositor a la invasión —el DailyMirror— te quiere contratar poco después de haber titulado en primera plana, refiriéndose a ti: «Fired byAmerica for Telling the Truth»(«Norteamérica lo despide por decir laverdad»).

Y te tranquilizas y respiras profundamente, porque sabes que es cierto pues tus palabras nunca tuvieron segundas intenciones. No por nada señalaste, en tu primera editorial para el Mirror, que «no quiero ayudar y reconfortar al enemigo. Sólo quiero poder decir laverdad».

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