Modernidad: certezas, incertidumbres

Aunque distinta de mí, era tan moderna
como yo, lo que me hizo pensar que había
más de una modernidad, por lo menos dos,
la suya y la mía[1].

César AiraPCV.— ¿Cuándo comenzó la modernidad (aunque los posmodernistas dirían cuándo terminó)? Muchas fechas emblemáticas han sido sugeridas como apuesta para acertar, desde 1436 —año en que Gutemberg desarrolló la imprenta en Europa— hasta 1895 —cuando Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños—;  sea como sea, las teorías a este respecto van y vienen y nadie puede adjudicarse la verdad absoluta, la certeza de que se está en lo correcto.

La búsqueda de la certeza es un buen punto de partida. Así como René Descartes razonó que «si tenemos experiencias mentales, luego sabemos con certeza que existimos (cogito ergo sum)», la protagonista de Yo era una chica moderna, de César Aira, deambula en una suerte de transición socio-histórica de su vida: no todo es tan claro para ella (menos aún para los lectores).

La protagonista del relato —autodenominada como «chica moderna»— se nos presenta como una mujer segura (subjetivamente) y frágil (objetivamente); la situación dramática propuesta por Aira es engañosa: ¿la chica moderna, es tan moderna como cree? Ella misma piensa que «la leyenda de la que Porfiria (la rumana chernobyliana, monumental, con flequillos) se había hecho eco era el eco de una realidad en la que yo participaba sin saberlo»[2]. Sus palabras se alejan de un Descartes certero —«estas explicaciones que trataba de darme, en mi perplejidad»— y sintonizan más con un conocido de éste, bibliográficamente hablando: Michel de Montaigne.

Famoso por sus Ensayos, Montaigne fue la oposición descartiana. Para él «no existe ninguna verdad que podamos aseverar con absoluta certeza, ni podemos presumir de estar seguros de nada»[3]; aunque la chica moderna crea que su vida ya pasó de una proto-modernidad humanista-literaria —primer origen de la modernidad según Stephen Toulmin— a una posterior fase científica y (más que nada) filosófica —segundo origen de la propuesta toulminiana—, su actitud es errante y lo mismo su pensamiento. Al ver a su amiga Lira, compañera del alma, la protagonista de Aira deja entrever que podría haber más de una modernidad: la propia, la de Lira, la de filósofos, juristas, barrenderos y pordioseros. No cabe duda. La chica moderna es una escéptica clásica, igual que Montaigne.

¿Cómo podemos confirmar esto? Es la misma chica moderna la que señala —ante una destrozada Lira que lamenta la pérdida de su novio por un «hijo accidental»— que quizás se comprometieron «demasiado con lo moderno, y perdimos de vista los hechos de la vida. Lo antiguo vuelve, como una venganza»[4]. ¿Lo antiguo o lo nuevo, lo moderno? ¿No es ese «hijo accidental» lo que las complica a ambas, a Lira más que a ti, chica moderna? ¿Es la vida, por sobre la muerte, lo que te parece una venganza, lo que te motivará a matar, a desquitarte, a destruir?

La confesión de Lira empuja a la chica moderna a destruir al antagonista (¿el bebé, Ada?) —lo que se entiende como quiebre dramático—. Pero su actitud cambia; ya no parece una escéptica sino una dogmática presuntuosa: «éramos dos justicieras decididas a todo con tal de reponer las cosas en su lugar»[5]. La chica moderna quiere actuar de un modo moderno (¿o antiguo, no crees que los abortos son una práctica retrógrada?), desea validar su apelativo personal, su identidad progresista.

René Descartes

La chica moderna quiere matar lo nuevo —la vida, el feto, El Gauchito— para que lo viejo —la relación sentimental entre Roberto y Lira— engendre, a su vez, algo nuevo, distinto.

Es evidente. Por más que la chica moderna piense que las palabras del Comisario Cipolletti son metáforas —carentes de poliproxidina—, la cita que éste hace de Oscar Wilde es tajante: «Todos matamos lo que amamos»[6]. Así como Descartes, filósofo fascinado por los ensayos de Montaigne, derrumbó su escepticismo clásico y cimentó el pensamiento racionalista del siglo XVII, tú, chica moderna, querías matar lo nuevo para que otras cosas nuevas surgieran (¿o al revés?), y tú, César Aira, quisiste crear una metáfora literaria opuesta al tradicionalismo narrativo, quisiste ser moderno en tu mensaje, progresista, anticonservador (¿tenías esa certeza?).

Pero la chica moderna se llevó una sorpresa; El Gauchito, ese feto aberrante que era más encantador de lo esperado, le salvaría la vida, destruiría a los rabinos-marmotas en el restaurante de Josephine Baker, sería el paladín de lo moderno, ¿de la chica moderna?, el mesías de la noche. El Gauchito las salvó a ambas cuando ya no había más puertas o escaleras por donde salir, cuando toda la realidad se transformó en una amenaza, cuando esos seres anómalos —Porfiria, Ada, Melón y Melamo— las perseguían como asesinos en serie, como locos de la motosierra. Ese es el clímax de la nouvelle (¿o tuyo chica moderna, o de El Gauchito?), aunque el fin del feto, o reinicio, también marca un punto alto en el relato.

Decimos reinicio porque su impresionante capacidad transformadora le permitió darle un nuevo corazón a Osvaldo, una nueva vida al desdichado más infeliz del relato; El Gauchito había deseado ser un corazón y no más un feto horrible y nauseabundo. Lo nuevo, chica moderna, también puede engendrar cosas nuevas —lo que sería la solución del conflicto—. Ten eso en cuenta.

Yo era una chica moderna presenta dos modernidades: la de las certezas y la de las incertidumbres. La chica moderna transita a lo largo del relato por ambas, la pluma de César Aira transita por la ruta de Descartes, mientras que los lectores, desprotegidos frente a toda perturbación, son viajeros por el camino de la incertidumbre, el camino de Michel de Montaigne. Después de leer las peripecias de la chica moderna, hay algo de lo que podemos estar seguros, hay algo de lo que tenemos certeza: la incertidumbre es la que nos dirige por los caminos literarios. Especialmente los de César Aira.


[1] Aira, César; Yo era una chica moderna, Buenos Aires: Interzona latinoamericana, 2004 p. 27
[2] Aira, César; op. cit., p. 15
[3] Toulmin, Stephen; Cosmópolis. El Trasfondo de la Modernidad, Barcelona: Ediciones Península, 2001, p. 75
[4] Aira, César; op. cit., p. 46
[5] Aira, César; op. cit., p. 48
[6] Aira, César; op. cit., p.76

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