El otro poder del dinero: los cambios iconográficos de los billetes en Chile

Con la aparición del nuevo billete de mil pesos, el Banco Central completó una renovación iniciada en 2009 que incorporó mecanismos de seguridad y diseños modernos, pero que también rearticuló estéticamente los hitos y personajes que ahí se retratan. Presentamos una mirada a los cambios simbólicos de nuestro dinero.

Patricio Contreras Vásquez

Como si fueran seres vivos, los billetes y las monedas tienen un ciclo de vida. Puede ser en diseño, forma. También en valor, sometidos a los vaivenes de la economía. En septiembre de 2009, el Banco Central -institución encargada de la emisión de dinero en Chile- lanzó a circulación un nuevo billete de cinco mil pesos hecho con nuevos materiales y tecnologías de seguridad. Era la semilla, en otras palabras, de un nuevo ciclo de vida.

El proceso concluyó el 10 de mayo pasado, cuando se presentó la remozada versión del billete de mil pesos. Finalizaba la renovación de la familia, con los mismos integrantes (Bello, Prat, Mistral, Rodríguez y Carrera Pinto), pero distintos; con los mismos colores, pero tamaños disímiles; y con nuevos íconos naturales, pero sin monumentos e hitos arquitectónicos.

Sin ser rupturista, la actual familia es parte de una genealogía que se arrastra a los primeros años de la república y que constantemente es retocada, alterada, modernizada. “Entre el billete de mil pesos de 1978 y el billete de veinte mil pesos de 1998 hay muchos años de diferencia, y se mantuvo cierto nivel de diseño que, desde mi punto de vista, era bastante precario, básico”, dice Juan Manuel Martínez, curador del Museo Histórico Nacional y miembro de la comisión que participó en el rediseño. “Efectivamente pueden haber cumplido un ciclo”, explica Fernando Guzmán, director del magíster en historia del arte de la Universidad Adolfo Ibáñez. “El diseño era muy cercano a una de las tipologías más clásicas, la del dólar, un diseño absolutamente arcaico”.

Guzmán se refiere a esas épocas primitivas de la emisión monetaria, cuando la imagen en un papel o una moneda era tan infrecuente, que podía generar adhesiones, lealtades y desencuentros insospechados. Cuando el dinero también explotaba al máximo otro poder, paralelo al de su valor en el mercado.

El valor de la imagen

En junio de 1791, una enigmática familia aristócrata salía de París, cuna de la agitación jacobina. Cuando los carruajes llegaron al pueblo de Sainte-Menehould, el jefe de la oficina postal identificó a los viajeros. “Había una mujer, a quien creí reconocer como la reina -declaró Jean-Baptiste Drouet-, y frente a ella había un hombre. Me llamó la atención el parecido de su rostro al del rey, impreso en un assignat que tenía conmigo”. El episodio tuvo un desenlace fatal: el monarca francés fue detenido y condenado a morir guillotinado.

La escena, conocida como la “Fuga de Varennes”, demuestra la relevancia de las imágenes en una era de escasas fuentes visuales. Los assignat que delataron al rey eran billetes creados para suplir la quiebra del erario público, y la Asamblea Nacional aprovechó el poder disuasivo de monedas y billetes para incorporar los emblemas revolucionarios. Era el doble poder del dinero.

“La moneda como un sistema de ‘propaganda’ era exactamente igual en tiempos de los romanos”, afirma Lina Nagel, coautora junto a Juan Manuel Martínez del libro “Iconografía de monedas y billetes chilenos”. Familiar es la escena bíblica que sugiere Martínez: Jesús es interpelado sobre el pago de tributos y pide que le enseñen un denario. “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”, pregunta. “Del César”, es la respuesta.

En Chile, la etapa colonial replicó esta divisa: el rostro del monarca estaba atado al circulante. La Independencia, sin embargo, instaló otro repertorio simbólico: el volcán en erupción, la columna de la libertad, el sol que nace en los Andes. “Ya no había un rey, y se debía inventar una idea fuerza que uniera a los ciudadanos”, plantea Martínez. Un bando promulgado en 1817, apuntando a Fernando VII, sentenció el nuevo espíritu: “Sería un absurdo que nuestra moneda conservase ese infame busto de la usurpación”.

La alegoría femenina

Pero a mediados del siglo XIX el Estado no monopolizaba la creación de billetes. En esa época, la falta de circulante llevó a que los bancos privados emitieran su propio papel moneda, el que se imprimía en otros países. La autoridad política no podía inmiscuirse en asuntos de diseño.

“En el siglo XIX, si los bancos querían, ponían a la abuelita del dueño”, asegura Nagel. Esto suscitó casos curiosos: billetes verticales, como los del Banco de Santiago, o billetes estériles, como los del Banco de Rere, que se disolvió antes de que sus papeles llegaran de Inglaterra.

El aumento del papel moneda propició una “masculinización” del cono monetario. “Lo femenino -acota Martínez- era alegórico; lo masculino, en cambio, siempre era concreto: los fundadores de la Patria, los héroes”. Para Lina Nagel, el Estado mantuvo una deuda que sólo se saldó en 1981 con la emisión del billete de cinco mil pesos en honor a Gabriela Mistral. “Fue el primer retrato identificable”, afirma. “Antes sólo hubo una suerte de decoración”.

Con la creación del Banco Central -que desde 1925 se adueñó de la emisión monetaria-, el Estado buscó consolidar la identidad nacional. La imagen de la obra pública, alarde material de progreso, fue recurrente. También se utilizaron pinturas históricas de Pedro Subercaseaux, Thomas Somerscales y Pedro Lira. “Con la Guerra del Pacífico -indica Martínez- hay un cambio al buscar algo propio. Hay historiadores que dicen que Chile es Chile a partir de la Guerra del Pacífico: hay una especie de identidad”.

El espíritu de la época

Para Jacob Burckhardt, famoso historiador decimonónico, las imágenes permitían leer el pensamiento de una época determinada. Pero el análisis iconográfico impone dificultades que los investigadores no soslayan. “Las imágenes son testigos mudos -constató Peter Burke en “Visto y no visto” (2001)-, y resulta difícil traducir a palabras el testimonio que nos ofrecen”.

Nagel y Martínez plantean que hoy somos menos capaces para “leer” imágenes que antaño. “En esa época -dice Martínez, aludiendo a la infancia republicana-, la gente leía la imagen, porque había mucho analfabetismo. La idea central de las monedas y billetes es reflejar el momento, porque deben tener una validez, interpretación y apropiación por parte de la comunidad. Pasa a ser una forma de identidad nacional. Si no la tiene, los símbolos van decayendo, se van olvidando o van siendo poco importantes”.

Por ello sostiene que la iconografía monetaria está condenada a sufrir una mutación perpetua, y su ciclo de vida tiene fecha -incierta- de caducidad. Del volcán en erupción que emulaba el Chile independiente hoy no queda nada.

Billetes ‘desmilitarizados’ y personajes menores
Cuando se estrenó el nuevo billete de mil pesos, el retrato de Ignacio Carrera Pinto, héroe de la Guerra del Pacífico, llamó inmediatamente la atención. Fernando Guzmán, especialista en numismática y director del magíster en historia del arte de la Universidad Adolfo Ibáñez, detecta algunos cambios, como que se eliminó su quepís -gorra característica de la guerra- con el número 6, y los distintivos militares en los hombros quedaron camuflados . Las indumentarias de Manuel Rodríguez y de Arturo Prat, en tanto, tienen más aire de abogacía y urbanidad que de revolución y arrojo.

“Es claramente una iconografía en que los elementos castrenses no desaparecen pero pierden relevancia, se convierten en secundarios “, argumenta Guzmán.

La historiadora del arte Lina Nagel, coautora de “Iconografía de monedas y billetes chilenos”, refuerza este punto de héroes civiles antes que marciales: “La gorra es un símbolo, uno lo vincula con lo militar. Hay una cosa nueva en la iconografía, de bajar esto tan de personaje mitológico a personajes que son comunes y corrientes. Es una idea bien moderna”.

Al respecto, Juan Manuel Martínez, miembro de la comisión de rediseño de la nueva familia de billetes, aclara que efectivamente se buscaron retratos más cercanos, dóciles. El caso de Gabriela Mistral -de un perfil rígido y pétreo a una mirada suave- es sintomático. ” Los retratos anteriores estaban trabajados desde un punto de vista monumental, no desde una perspectiva más humana . No son personajes mitológicos; son personajes históricos de carne y hueso”, explica Martínez.

Un aspecto novedoso en los anversos es la incorporación de paisajes y animales, basados en fotografías de Nicolás Piwonka , que reemplazaron a monumentos e hitos arquitectónicos. “Es una suerte de homenaje a la naturaleza de Chile”, dice Martínez. Incorporación que Sergio Villalobos, Premio Nacional de Historia (1992) alaba: “Me parece que es bonito. Se está tratando de representar la realidad nacional, multifacética, y nos distrae un poco de tanto personaje de la historia política, militar”.

Para Villalobos, la desmilitarización de los billetes no es tema. Lo importante, acota, es la elección de los retratados . Sobre Manuel Rodríguez dice: “Es un personaje muy negativo en los momentos de la independencia. Vivía disgustado con todo, era un egocéntrico”. Sobre Ignacio Carrera Pinto enjuicia: “Siendo una figura moral y patriótica notable, es un personaje de menor importancia en la historia”.

¿Cuáles serían sus elegidos para ilustrar nuestro papel moneda? Pedro de Valdivia (“el verdadero creador del país, que pensó el país, lo sintió, lo programó”), Ambrosio O’Higgins (“notable gobernador, progresista, de ideas claras”) y Manuel Montt (“como figura de la juridicidad, del gobierno bien establecido, del imperio de la ley”). “Lo que se atiende -finaliza Villalobos- es a la importancia real de los personajes. En qué contribuyeron a la construcción de Chile “.

Publicado en “Artes y Letras”, El Mercurio

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