Sudor, lágrimas y carcajadas en la historia del circo chileno

Después de tres años de investigación se publica el primer registro escrito y visual que sistematiza los hitos, desarrollos y vestigios del mundo circense en nuestro país. Para septiembre, la Biblioteca Nacional prepara una serie de actividades relacionadas.

Patricio Contreras Vásquez

Por mucho que se le desee olvidar, el terremoto del 27/F dejó heridas abiertas, desnudó realidades y nos familiarizó con localidades pequeñas como Dichato, Duao o Boyeruca. Ese día en Iloca -casi 400 habitantes, cuna del ahora famoso Víctor “Zafrada” Díaz- estaba el circo de Las Montini, destruido por la ola maldita.

El maremoto derribó la carpa y arrastró jaulas y trailers con violencia. También trastocó un punto de encuentro, un eje cultural y artístico, especialmente en aquellas zonas del país ajenas a circuitos tradicionales del espectáculo. Un año después, Las Montini volvieron gracias al apoyo de las autoridades, la comunidad y, por cierto, la tenacidad de sus dueños.

Esa esencia y persistencia del circo, su historia, anécdotas, tradiciones y mitos -lo que vive y se perpetúa en la carpa- es lo que la investigadora Pilar Ducci recogió y sistematizó en “Años de circo”, libro que será lanzado el próximo jueves 8 de septiembre en la Biblioteca Nacional, junto a una serie de actividades (ver recuadros).

Destilado de tradición oral

En 1827 recaló en Valparaíso el Circo Ecuestre Bogardus, el primero en llegar al país y “piedra angular” en el desarrollo de nuestros circos, como escribe Ducci. Una década después, en 1840, el Bogardus volvería a Chile con el primer elefante, acompañado de monos y camellos. Así se inauguró la exhibición de animales exóticos en el país y se estimuló la creación de compañías criollas.

Para investigarlas, Ducci trabajó a la par con el fotógrafo Francisco Bermejo, quien la motivó a postular a un Fondart. Hace dos años, en las páginas de “Artes y Letras” entregaron un prematuro y desalentador diagnóstico, que luego se confirmó en la práctica: en Chile hay escasa investigación sobre el circo.

Raro, dicen Bermejo y Ducci, pues en los prolegómenos del cine nacional se constató su importancia. “La primera película chilena es sobre un circo: Pedro Sienna, ‘Los payasos se van’, de 1921”, cuenta Bermejo. “Está basada en una obra de teatro de Hugo Donoso y habla de un tipo de alta alcurnia que se va con un circo”. Pero la atención de las artes siempre se canalizó por la parte estética antes que la operativa e histórica.

Dada la carencia de registros, Ducci se sumergió en los archivos de prensa y obtuvo información a partir de extensas conversaciones con miembros de más de 60 circos (acumuló seis gigabytes en grabaciones de audio). Su mérito consistió en destilar los diálogos para dar cuenta de una cultura familiar, hereditaria y llamativa, el “anecdotario colectivo de la gran familia circense”, como escribe en las primeras páginas de “Años de Circo”.

“La gente que no es de circo mira con mucha curiosidad y con mucha sospecha”, plantea Ducci. “Pero igual nos atrae mucho, nos gusta”. Esa seducción por los atractivos circenses, el humor, la magia, las acrobacias, la doma de animales y la alegría tiene una historia que se arrastra desde la Colonia, que a mediados del siglo XIX toma forma en su expresión moderna y que hoy se mantiene con desconocida vitalidad.

Todo chileno es un payaso

El atractivo del circo es mundialmente transversal -el Cirque du Soleil es un paradigma mediático-, pero en Chile se ha caracterizado por algunas variaciones.

Por ejemplo, la llamada “segunda parte”. La primera parte del espectáculo constaba de trapecio, malabares; el intermedio podía ser musical o de descanso; y luego, la “segunda parte” era usualmente un número folclórico.

Para Pilar Ducci, la actividad musical es inseparable de los circos. El punto cúlmine de este matrimonio llegó con la irrupción del “Circo Águilas Humanas”, que debutó en 1940. Su dueño, Enrique Venturino, tuvo habilidad para explotar la marca, empleó a 300 personas, dispuso amplias carpas (en la temporada de 1957 tendrán casi 150 mil espectadores) y trajo grandes atracciones internacionales.

“Cuando los artistas no tenían salas de teatros, sobre todo a principios de siglo, no existían managers o gente que te moviera como artista”, cuenta Ducci. “El circo era el escenario natural, viajaban por todo Chile. Y los ejemplos son emblemáticos. Violeta Parra partió en circo. Óscar Parra Sandoval, su hermano, todavía está vivo, es payaso -está viejito, no anda en circo-, pero es el Tony Canarito. Los Huasos de Pichidegua, los Hermanos Campos, Guadalupe del Carmen. Y todos los cantores populares: Marcelo, Cecilia, el “Pollo” Fuentes. Todos los de La Nueva Ola”. Esta dimensión se desvaneció con el tiempo, marcando una ruptura entre circo y folclor.

Un segundo ejemplo es la singularidad de nuestros payasos, “el alma del circo” y “el único acto esencial”, como se escribe en el libro. “El payaso encarna al chileno cien por ciento”, asegura Ducci. “Nosotros conocimos a un viejo payaso, Chamaco, que murió dos semanas después que hablamos con él, y decía: ‘En todo chileno hay un payaso'”.

La investigadora instala comparaciones con otros exponentes internacionales: el ruso es un payaso silencioso, solitario; el español actúa en duplas o tríos y no son hablantes; el chileno, en tanto, es improvisador, muy hablante, monologuista y, por sobre todo, físico y acróbata.

La exclusividad de este perfil se expresó en un recorte de prensa de 1961, hoy en posesión de Héctor Aguilera, el Tony Colihue: “Chile: país exportador de salitre, cobre poetas y payasos”.

El cosmopolitismo circense

Una ley de 2007 reconoció “la actividad circense nacional en cuanto manifestación de la cultura chilena”. Al mismo tiempo que efusivos patriotas, sin embargo, los circenses están dotados de un perfil cosmopolita, de viajeros del mundo. Y, en ese sentido, no han desteñido en carpas internacionales.

Pilar Ducci sugiere un ejercicio: ¿cuántos actores o deportistas chilenos destacan afuera? La cifra puede oscilar entre 10 y 20, respectivamente. “¿Cuántos circenses brillan? Por lo menos 300 posicionados en grandes circos de afuera”. Esa cifra se refirma con otra: durante septiembre de 2010, sólo en Santiago se instalaron más de 60 circos.

Difícil es precisar su número exacto -los circos nacen espontáneamente, se escinden, se absorben-, como también trazar una genealogía del árbol familiar que ha sustentado la actividad. La carpa es su única georreferencia, nómade y trashumante como sus dueños.

“Ahí, en la carpa -dice Francisco Bermejo-, está reflejado lo que siempre nos dicen o usamos para presentarnos fuera. Esa cosa del chileno pillo, busquilla, está representado en el circo, en el espectáculo y está representado mejor incluso en la vida cotidiana dentro del circo”.

Música, cine y circo en la Biblioteca Nacional

A las seis de la tarde del 1 de diciembre de 2010, los habitantes de Rapa Nui asistieron a la primera función de circo realizada en la isla. El fotógrafo Francisco Bermejo aprovechó la instancia para grabar un documental – “El circo en Rapa Nui”- cuyo adelanto será estrenado el 8 de septiembre en la Biblioteca Nacional, recinto que hospedará la exposición “Circo Chileno” , realizada con el apoyo de la Unesco, el CNCA y el auspicio de Corporación Cultural La Araucana. Al día siguiente el conjunto de música Los Trukeros presentará “Maromero” , un trabajo que reúne cuecas de circo. En la Biblioteca se exhibirán fotografías patrimoniales, afiches, vestuarios y objetos. Habrá charlas con gente de circo -Tony Copucha y Tony Cuchara-, talleres, mesas redondas y exhibición de filmes como “Le Grand Cirque Calder” (1927), de Jean Painlevé, y “El Circo Chamorro” (1955), de José Bohr. El portal Memoria Chilena estrenará un nuevo sitio temático con documentos digitalizados, contribuyendo al acervo documental del circo en internet. Para información sobre la venta del libro de Pilar Ducci escribir a hoycirco@gmail.com.

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