Ideas sobre la narrativa digital periodística

Una mirada entusiasta, pero también llena de interrogantes, de cómo contamos historias en periodismo.

por Patricio Contreras


1. La narrativa se está transformando… siempre

En el periodismo tenemos un concepto muy restringido de la tecnología o la innovación. Casi todo se reduce a pantallas, gadgets y máquinas cuya complejidad desconocemos. La imprenta —aún parte operativa del sistema de medios impresos— evoca un evento jurásico, ignorado, a destiempo.

Esa estrechez limita la discusión del “futuro” del periodismo solamente a drones, bots y realidades virtuales, y relega los cambios en otras dimensiones de nuestra rutina. Por ejemplo, el modo en que escribimos o contamos la realidad.

En los últimos siglos distintos canales para el mensaje han alterado el modo de contar historias. Las voces narrativas han mutado. Las estructuras narrativas también. Qué decir de las audiencias, hoy productoras y replicadoras de contenido. Los vapuleados 140 caracteres de Twitter —hoy 280— devolvieron el prestigio a la brevedad. Snapchat le dio un insospechado valor al contenido efímero; después Instagram se lo copió, refinó y globalizó.

Estos cambios se seguirán produciendo. Algunas estructuras se mantendrán; otras se asfixiarán lentamente. ¿Cuáles? ¿Cuándo? ¿Cómo? Son algunas de las preguntas del futuro incierto — pero fascinante — de la narrativa digital.


2. La narrativa es más transparente

“En la era digital la transparencia es fundamental”, dice Eric Newton, jefe de innovación de la Arizona State University. Y agrega: “Hoy, ser justo significa más que reportear los múltiples lados de la historia; significa ser abierto sobre ti como periodista, una persona en búsqueda de la verdad”.

Me gustaría poner foco en los podcast de no ficción, un territorio donde la apelación a la transparencia puede ser un componente esencial de la narración.

En la serie “Las tres muertes de mi padre”, el periodista español Pablo Romero investiga precisamente eso: el asesinato de su padre a manos de ETA. Su narración no sólo es para reconstruir la historia e intentar arrojar luz en sus opacidades; es también un ajuste de cuentas con su pasado, su familia, su país y su oficio.

La transparencia periodística se incrusta en este relato sonoro, interviene en los andamiajes narrativos, establece una conexión especial con su audiencia. El periodista no asume una tercera persona singular neutra, sin punto de vista, con una falsa pretensión de objetividad. Su experiencia es parte de la historia. Y junto a Pablo la recorremos, la escuchamos.

Con periodistas abiertos sobre sí mismos se levanta el velo de opacidad sobre los lugares de enunciación: la audiencia sabe desde qué posición estamos haciendo nuestro trabajo.

¿A alguien sorprende que los vlogs en Youtube tengan millones de reproducciones mientras los noticiarios pierden relevancia y audiencia?


3. La narrativa se atomiza y reestructura

“¿Qué sucedería si se disolvieron los límites del artículo escrito?”, se preguntaba Chava Gourarie en el Columbia Journalism Review el 2015. “Esa aspiración está en el núcleo de lo que un creciente grupo de periodistas espera crear a través de una práctica conocida como ‘periodismo estructurado’, un término que piensa el periodismo como fragmentos de información que se pueden mezclar y combinar de infinitas maneras”.

En ese periodismo estructurado no hay artículos o reportajes: hay unidades de información en una base de datos que los usuarios pueden explorar de distinta forma. La visualización puede variar y es fácilmente actualizable. Un ejemplo: las lesiones cerebrales de jugadores de la NFL en Estados Unidos, desplegadas por posición en el campo de juego. O por equipo. O por jugador.

Cuando fue directora creativa del R&D Lab del New York Times, Alexis Lloyd planteó una idea que me sigue inquietando: debemos liberarnos de las limitaciones de la cultura impresa y pensar en cómo construir “partículas” —en vez de artículos— que sean acumulativas, indexables, extraíbles, reutilizables.

Ese “periodismo estructurado”, entre comillas, aún en fase experimental, que fracciona las historias para que puedan fusionarse en distintas formas narrativas: listas, artículos, mapas, tarjetas, líneas de tiempo, diagramas de conexiones, galerías de imágenes. Misma información, distinta disposición.

¿Se convertirá en algo cotidiano o sobrevivirá en periodismos de nicho, para élites fascinadas con la experimentación?


4. La narrativa tiende a ser más colaborativa

La colaboración se puede dar en dos niveles. Primero, entre medios y periodistas. Segundo, entre periodistas y sus comunidades. Para el primer caso hay ejemplos paradigmáticos, como la investigación del 2016 de los Panama Papers, que congregó a 109 medios de comunicación y 370 periodistas en 76 países.

Para el segundo caso hay una historia.

El 2016 el medio holandés De Correspondent quería investigar a la petrolera multinacional Shell. Jelmer Mommers, su corresponsal de energía y clima, escribió en su boletín: “¿Qué es lo que más te gustaría preguntarle a alguien que trabaja para Shell?”. Ahí recibió sugerencias de sus lectores. Luego, hizo un llamado explícito: “Estimados empleados de Shell: hablemos”. Quería que los trabajadores de la empresa, desde gerentes hasta auxiliares de aseo, contaran algo.

Aún no tenía indicios de qué quería investigar, pero Mommers hizo suyo el credo de la transparencia: a medida que entrevistaba a trabajadores de Shell fue publicando esas conversaciones, visibilizando sus historias. Esa curva de aprendizaje público —la audiencia fue parte de su reporteo— finalmente desencandenó un traspaso de información privilegiada.

De manera anónima, alguien envió a Mommers una caja con documentos confidenciales, películas y una cinta VHS que demostraba que en 1991 Shell ya sabía sobre los efectos desastadores del cambio climático. Y no hizo nada al respecto.

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Eso es periodismo potenciado por la audiencia. Pero nuestra historia ha tomado otros derroteros. Determinado por el formato y el ciclo de noticias, el periodismo históricamente puso —aún pone— a la audiencia hacia el final, como receptores.

¿Y si la privilegiamos y la situamos al principio de —o durante— nuestro proceso productivo?


5. La narrativa debe ser una experiencia

El año 2012 el New York Times publicó “Snow Fall”, un reportaje multimedia sobre una avalancha en una montaña al noreste de Estados Unidos. John Branch reporteó durante seis meses, pero también contó con apoyo audiovisual y gráfico de un equipo de 16 personas.

“Snow Fall” fue el momento zero, inicial, esa historia única con todos los condimentos de la tragedia: imprudencia, infortunio y heroísmo en la montaña. El reportaje ganó el Pulitzer y permitió acuñar un término: el scrollytelling, las narrativas que van desplegándose a medida que uno hace scroll.

Sí, fue un proyecto sobresaliente. Y no, no fue, no es ni será “el” futuro del periodismo. Fue una narrativa pionera en experimentar con los atributos del ecosistema, del mismo modo en que lo hacen los videos en 360° (que no salvarán al periodismo) o la realidad virtual (que tampoco salvará al periodismo).

No depositemos todas nuestras esperanzas en modelos únicos e infalibles, porque aún no existen, y pensemos, como dice Jeff Jarvis, en los “muchos futuros posibles” que tienen las noticias: videojuegosinfografías, cancionesreportajes gráficosreportajes ilustrados, podcast, boletines, chatbots.

El periodismo impreso es, fue y será una gran experiencia narrativa, tangible y acotada. ¿Pasará a la historia como la única experiencia narrativa que el periodismo dominó?


6. La narrativa puede ser automatizada

Alrededor del año 2015 sucedió algo: por primera vez las cuatro principales aplicaciones de mensajería (Whatsapp, Messenger, WeChat y Viber) superaron en número de usuarios a las cuatro principales aplicaciones de redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter y Linkedin).

Traducción: en nuestros teléfonos queríamos —queremos— conversar e intercambiar mensajes.

Es en ese territorio, de mensajes que van y vienen, donde surgen los chatbots, servicios alimentados por reglas y, a veces, inteligencia artificial, con el que interactúas a través de una interfaz de conversación.

Esa conversación puede y está siendo automatizada. En España, Politibot fue pionero en distribuir información política a través de Telegram. En Chile, tres periodistas —Paula Molina, Andrea Insunza y Francisca Skoknic— dieron vida a LaBot, una robot de noticias de interés público que también opera en aplicaciones de mensajería.

El año 2014 la agencia Associated Press (AP) comenzó a incursionar en la automatización de reportes financieros, recolección y distribución de información. Un año después ya producían más de tres mil reportes financieros y pudieron liberar un 20 por ciento de tiempo de sus periodistas para que se dedicaran a otras cosas. Hoy están trabajando en reconocimiento facial y en transcripciones automáticas.

Si las máquinas no terminan por dominarnos y se vuelven apoyos útiles en nuestras rutinas, ¿qué otras cosas podemos delegarles para que nosotros hagamos más y mejor periodismo?


7. La narrativa será ubicua

Según Statista, hacia el año 2015 habían más de 15 mil millones de dispositivos conectados a internet en el mundo. Para el año 2020 ese número se multiplicaría, con una proyección —hacia 2025— de más de 75 mil millones de dispositivos.

El internet de las cosas (IoT por sus siglas en inglés) es la interconexión a través de internet de dispositivos informáticos integrados en objetos cotidianos, lo que les permite enviar y recibir datos.

La literatura, el cine y el arte han advertido el fenómeno de una vida que nunca se desconecta de la matriz. Ya en la década de 1950 Philip K. Dick imaginaba un futuro de viajes intergalácticos para poder escapar de una vida miserable, a merced de la publicidad invasiva.

“Aunque no lo advirtamos, ese futuro ya es en buena medida presente”, escribe el académico español Ramón Salaverría. “En ese ciberespacio tangible, los objetos —su reloj de pulsera, un cuentakilómetros, el cuadro de botones de un ascensor—, además de cumplir con su función tradicional, sumarán la capacidad de suministrar información… y de registrarla. Por cada pantalla con la que nos tropecemos habrá por lo menos un sensor. A menudo, muchos más de uno”.

Esa interconexión infinita, dice Salaverría, decantará en un periodismo ubicuo, omnipresente, que nos acompañará integrado en nuestros cuerpos, en nuestras ciudades y en nuestros espacios cotidianos.

A donde vayamos habrá noticias, habrá periodismo. ¿Qué debemos pensar de esa ubicuidad?

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