Holden Caulfield: un tipo honesto

El guardián entre el centenoPCV. — Holden Caulfield, el narrador de El Guardián entre el Centeno -novela del enigmático Jerome David Salinger-, es una persona honesta. Muchas cosas se le pueden reprochar: que es un tipo amargado, inútil e incapaz de valorar su vida. Pero es precisamente su sinceridad para relatarnos todas estas cosas la que lo redime de su atribulada existencia. La decencia y la franqueza en sus palabras eliminan el juicio que se entabla en su contra al leer su historia.

Caulfield emprende un proceso de limpieza conforme revela su intimidad; como si sintiera una complicidad con los lectores. «La verdad es que el único torpe de la familia soy yo»[1], nos dice cuando repasa a cada uno de los integrantes de su círculo: D.B., su hermano mayor, que fue a probar suerte a Hollywood como guionista; Allie, su hermano muerto de leucemia, cincuenta veces más inteligente que Holden; y Phoebe, su hermana menor, una chica encantadora, despierta y cariñosa. Caulfield se siente tonto entre ellos. Más que modelos de virtud, son sus motivos de orgullo.

En este espontáneo proceso de apertura emocional, Caulfield golpea una de las claves de la masculinidad de mediados del siglo XX, a saber, el coraje y la valentía para enfrentar los conflictos. Caulfield no puede ser más franco: «Soy un tipo bastante cobarde. Trato de que no se me note, pero la verdad es que lo soy»[2]. Una declaración así implica una autocrítica severa y, pese a que no sabe cuáles son los sentimientos que se generen en sus interlocutores -teñidos, quizás, de un prejuicio machista-, lo hace sin vacilar. Incluso afirma que odia los puñetazos y que preferiría arrojar a un tipo por la ventana antes que enfrascarse en una riña viril y animal. La suya es una cobardía rara.

A estas alturas del relato, el lector conoce gran parte de lo que Caulfield detesta. Desde que le nombren la palabra «agradable», como lo hace el señor Spencer para referirse a sus padres, hasta cuando le dicen una cosa dos veces, como si fuese un tarado. Nada escapa a su ácida lengua: el cine, los actores, las maletas baratas, las flores en las tumbas, los cretinos que se ríen hipócritamente. Si algo le molesta, lo dice. ¡Y vaya qué duro es para hacerlo!

El modo y los temas que Caulfield usa descifran su personalidad y sus prioridades. Pero en su filosofía no todo es negro. Vive situaciones grises, como lamentarse y no poder comer un par de huevos con jamón cuando a su lado hay una persona con sólo una tostada y café. Y también situaciones blancas, como cuando se apiada de un par de monjas y saca a relucir su humanidad. A pesar de haber entidades, comportamientos y objetos que lo irritan -«¡Cómo me fastidia que me digan “buena suerte” cuando me voy de alguna parte! Es de lo más deprimente»[3]-, el narrador nos muestra que todo su odio parece más un mecanismo de defensa, un escudo contra la nociva atmósfera a su alrededor, que una actitud cotidiana.

Y, para nos ser menos que él, también debemos ser sinceros. Holden Caulfield: eres un tipo honesto. Si no lo fueras, nunca le habrías dicho a tu hermana Phoebe que lo único que te gustaría en esta vida sería convertirte en un guardián de niños en un campo de centeno, evitando que caigan a un precipicio mientras juegan. Felicitaciones, nos has dado muestras de tu decencia y dignidad. Y, aunque sabemos que lo detestas, te deseamos buena suerte en tu vida. No te preocupes, no te juzgaremos si nos odias.


[1] Salinger, J.D.; El guardián entre el centeno (España: Alianza Editorial, 2004), p.76
[2] Salinger, J.D.; op. cit., p. 99
[3] Salinger, J.D.; op. cit., p. 214

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