Reseña: La guerra de Galio

Ficha del libro

PCV. — Hace 14 años, Héctor Aguilar Camín publicó este libro sobre periodismo, historia y revolución. El escenario es el México de lo 70, turbulento, corrupto e impredecible. Alcoholizado en sus costumbres. Violento, por sobre todo.

Y desalmado.

Comienza la obra con un epígrafe -cortesía de Heráclito- que reaparecerá en la conversación última de Carlos García Vigil con el narrador de la novela: «Difícil es luchar contra el deseo. Lo que quiere, lo compra con el alma». El paso de las hojas retrata esta lucha interna de los personajes, articulados gracias a los escritos, comentarios y memorias espontáneas heredadas por Vigil luego de su fatal destino.

Ahí tenemos a Octavio Sala, el enigmático y seductor director del diario La República -la publicación más prestigiosa y odiada de México-, sometido a la infalibilidad de su cargo, a la trascendencia épica de sus decisiones. Su destino será agridulce: perderá a su séquito de seguidores y sufrirá la ignominia de sus pares -traición, mejor dicho-, aliviado, con posteridad, por un cuestionable renacimiento mediático.

Ahí tenemos a Galio Bermúdez, irónico e incisivo, «la mayor inteligencia de México» en los años cincuenta. Defensor de la matanza de Tlatelolco, Galio era una víctima más de la modorra intelectual de su país y, principalmente, un esclavo del alcohol.

Ahí tenemos a Vigil con sus mujeres -Mercedes Biedma, Oralia Ventura, Fernanda, su hija-, obnubilado por el poder de Sala, detestado por Rogelio Cassauranc, secundón en La República, alabado por su investigación monumental sobre los años de la guerra civil (1914-1920), «un libro extraordinariamente capaz de transmitir, detalle a detalle, el horror inexpresable de la guerra, su rostro sacrificial y sórdido»[1].

Y ahí está México, el proscenio alborotado de estos personajes. Un país inventado según Galio, nada más «que la historia de una violencia sostenida» que debe derrotar su pasado y su presente bárbaro «sin destruirlo».

Al respecto, razona Galio frente a Vigil:

«La lección de Julio César para nosotros es sencilla: derrotó a la Galia sin destruirla […] fue implacable en la guerra, pero generoso en la negociación con los vencidos. Igual debería serlo el Estado mexicano. César destruyó la capacidad de resistencia de la Galia, acabó con sus ejércitos. Pero dejó a los pueblos conquistados un alto grado de autonomía. Y los soldados galos que César volvió a armar, le sirvieron lealmente durante sus guerras civiles con Pompeyo. Quizás usted recuerde la escena: Duces producuntur, Vercingetorix dedidur, arma proinciuntur. Los capitanes se presentan, Vercingétorix se entrega, se arrojan las armas. La guerra de la Galia ha terminado, la historia de Europa puede dar inicio»[2].

La obra de Héctor Aguilar Camín evidencia, además, el trasfondo moral del periodismo a través del cambio en Vigil -con redención final incluida- y la acentuación totalitaria de Sala, y el sentido de la historia construido en los diálogos tensos, pero reconfortantes -y casi filiales-, de Galio con Vigil, su «querido Michelet»/«joven Heródoto»; sin embargo, es este sentido el que parece anquilosarse impotente ante el cambio humano. Finaliza el narrador-profesor de Vigil: «[n]o hay futuro que salvar ni presente que pueda mejorarse en la exploración del muro muerto de la historia»[3]. México, el mundo y su naturaleza, áspero y hermoso, bello y  brutal, pero desalmado a fin de cuentas, «ignorante de nuestros sueños, nuestros amores y nuestros nombres»[4].


[1] Aguilar Camín, Héctor; La guerra de Galio (Madrid: Editorial Alfaguara, 1994), p. 510
[2] Aguilar Camín, Héctor; op. cit., p. 198
[3] Aguilar Camín, Héctor; op. cit., p. 543
[4] Aguilar Camín, Héctor; op. cit., p. 543

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