Periodismo y ética (IV)

4. De los paradigmas éticos en el periodismo

AristótelesPCV.— Constantemente se habla de que el periodismo es una profesión que no requiere de un marco teórico. La práctica es la mejor escuela, dicen muchos. Sin embargo, el propósito de este escrito es reafirmar lo contrario —dentro de los márgenes que su extensión le permiten—, a través de la aplicación a casos cotidianos de cuatro paradigmas éticos en la profesión.

Si los paradigmas son conjuntos de valores, creencias y maneras de vivir y percibir la realidad, el periodismo y las ciencias de la comunicación no pueden prescindir de ellos. En nuestro caso, los paradigmas éticos analizados en clases son un modo de plantear preguntas frente a lo que sucede y evaluar resultados para la acción. Pese a que el periodismo se vanagloria muchas veces de su innata capacidad para procrearse y conformarse en la práctica, la formación ética de quienes ejercen esta profesión debe sustentarse en parámetros sólidos que dibujen un rumbo claro, y no que el caos y la espontaneidad sean los monarcas que gobiernen el imperio del periodista.

Partamos con el viejo Aristóteles y su ética de la felicidad. Si esta es, para él, la actividad del alma según la virtud, la fuerza del hombre —es decir, el primer paso para vivir con excelencia la propia vida—, el periodista debe cultivar la virtud dianoética, a través de su inteligencia, a saber: una razón teórica (la sabiduría) y una razón práctica (la prudencia). El fin del periodista es buscar la verdad —o actitud de objetividad— y, con ella, alcanzar la felicidad como fin último. Una vez que lo malo, lo enfermo —el cáncer social—, ha sido detectado, su anuncio público debiera dar paso a la vacunación del problema, la aplicación de antibióticos que lo solucionen.

Sólo si el periodismo y los medios de comunicación desean lograr el bien como fin, su tarea será noble de verdad: su virtud será alcanzada en plenitud, diría Aristóteles. ¿Que puede rescatarse desde la óptica cristiana, desde la moral de Jesús, que sea aplicable al periodismo? La moral de seguimiento de Jesús puede centrarse principalmente en los tópicos informativos que sean incluidos en las pautas. No se trata de que los comunicadores sean predicadores de la buena nueva, pero su misión conjuga en muchos de esos aspectos.

Podría resumirse la moral católico-práctica del periodista en tres puntos principales: evitar caer en la seducción del poder y la riqueza (valor espiritual), comunicar sobre la base de la fraternidad, es decir, saber perdonar (no condenar precipitadamente) y saber reconocer errores —tan abundantes en la profesión—, y no abocarse desmedidamente a la frivolidad noticiosa: la preocupación social debe ser centro y foco de la atención mediática. Uno es la voz del menesteroso, no sólo de los poderosos.

Immanuel Kant

En este último punto, el periodismo rosa o de farándula debe buscar alejarse de la frivolidad excesiva y, más fundamentalmente, cuidar el trato que se da a los protagonistas del relato: la persona, por sí misma, es lo más importante, y su dignidad está ante todo, especialmente ante los anhelos reprochables del periodismo de farándula por golpear al resto del ambiente.

En esta misma línea es donde podemos situar los parámetros éticos impuestos en la moral utilitarista, filosofía predominante en el mundo anglosajón, específicamente durante el siglo XVIII. Si las personas se mueven buscando su propio placer, su propio bien, es necesario extrapolar este fin no sólo a la propia persona sino que a toda la sociedad. Una acción será buena no sólo si me beneficia a mí; deberá beneficiar a todos quienes me rodean, aunque la experiencia nos diga que, lamentablemente, siempre alguien puede quedar rezagado en la aritmética del beneficio colectivo.

Es primordial eliminar el atomismo social que Jeremy Bentham pregonara; la clave de la sociedad, de las relaciones humanas y, en nuestro caso, relaciones comunicativas, no puede centrarse en el ser individual. Normalmente tenemos poco dominio de los actos porque, precisamente, vivimos insertos en la sociedad. Además, debemos reflexionar sobre el criterio moral en los actos que hacemos —una de las principales críticas al utilitarismo es que no se constituye como fuente de decisión ética, centrándose sólo en la búsqueda hedónica de la utilidad—; si el periodista buscara satisfacer sus ansias de fama y éxito, de prestigio y reputación, como caminos para alcanzar el placer —o si sólo ejerciera su profesión basándose en aquello que le sirve a él solamente—, su futuro sería volátil y su sostén frágil: la búsqueda de placer a corto plazo, ¿nos sirve a largo plazo? La respuesta para este mal periodista debe ser no.

En último lugar podemos situar en el periodismo la filosofía moral de Kant. Repasemos un poco su esencia. Si el principio de la moral aristotélica, como ya señalamos, está en la búsqueda de la felicidad, Kant desecha esto aduciendo a la animalidad que caracteriza a la acción humana desde ese punto. La moral, para él, no tiene que ver con la felicidad en principio —actuamos como animales si buscamos la felicidad—, pues el verdadero principio de la moral está cuando aparece un deber racional en el individuo, que se opone a su conciencia y lo lleva a ver si lo cumple o no, independiente de si sus consecuencias lo hacen feliz.

Pareciera que la moral kantiana es la que más conjuga en el multiforme ethos periodístico, porque la misión del periodista debe trascender a su propia felicidad. Está claro que nadie puede trabajar conformemente si siente que no es feliz en lo que hace, pero, en definitiva, lo que ennoblece los actos y encumbra los hechos es la acción racional acorde al deber, que posibilita una acción desinteresada. El periodismo, fuente básica del conocimiento de las masas, se debate constantemente entre la lucha de intereses y la ocultación de lo que no ha salido a la luz. Enfrentarse a todo esto requiere de una capacitación ética incorruptible —en todos sus sentidos, desde la tentación del favor personal hasta la obtención del placer, la felicidad y el beneficio propio— que asegure la conformación de una actividad sólida en principios y efectiva en sus actos.

Habermas y Benedicto XVI

La capacidad innata del periodista bien puede ser desequilibrante al momento de abordar las informaciones. Sin embargo, el desarrollo moral del individuo es la principal fuente de acción —y de aprendizaje perpetuo— que el profesional debe tener en cuenta siempre. Lanzarse a combatir los flagelos sociales y las injusticias es una causa noble, pero perdida si sólo se sostiene en las ganas personales.

La apelación al criterio moral, al paradigma ético que enmiende el rumbo, es la mejor teoría que puede aplicar un periodista. En una época donde las comunicaciones son fundamentales en el desarrollo social, su labor debe enmarcarse en alguno de los paradigmas presentados. Al relativismo moral anteponemos la propuesta de Jürgen Habermas: el diálogo puede determinar la norma correcta. Si su ética comunicativa recuperó a Kant en la búsqueda por una universalización de los valores y normas, los periodistas, principales actores del espectro de los medios de comunicación, deberían darse un tiempo, abandonar de vez en cuando el frenetismo exagerado al que acostumbran y reflexionar sobre el importante papel que tienen hoy día.

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2 comentarios sobre “Periodismo y ética (IV)

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