Andrés Bello y la inauguración de la Universidad de Chile

Andrés BelloINTRODUCCIÓN
Andrés Bello (1781-1865) nació en Venezuela, pero luego de residir largo tiempo en Chile recibió la nacionalidad por gracia. Intelectualmente se formó durante el periodo colonial, en una Caracas tranquila y ordenada, y también en Londres, donde residió integrando una misión diplomática junto a Simón Bolívar. En 1829 los liberales chilenos —Francisco Antonio Pinto entre ellos— trajeron a Bello de vuelta a su América querida. Según Iván Jaksic, estudioso de su obra, Bello intentó buscar en Chile la estabilidad de su juventud, ahora con su familia[1]. Pese a los numerosos ataques que recibió mientras vivió en nuestro país, Bello impulsó la historiografía, fortaleció la discusión jurídica, sentó las bases para el Código Civil que aún se mantiene vigente y, fundamentalmente, se desempeñó como rector de la Universidad de Chile. A partir de su discurso de inauguración[2], pronunciado hace casi 166 años, desarrollamos este segundo taller.

1. IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN DE LOS PUEBLOS SEGÚN ANDRÉS BELLO
Después de un exordio donde se deshace en elogios hacia los ministros y autoridades presentes, Andrés Bello argumenta sobre la importancia de la Universidad, en particular, y de la educación, en general, en el devenir de los pueblos.

«Todas las verdades —dice Bello— se tocan». Bajo esta proposición desarrolla su idea de la importancia de la educación: si viviéramos en una sociedad despótica o esclavizada (Asia y África son sus ejemplos), donde una sola voz enarbola los dogmas y axiomas de forma incuestionable, nuestra civilización no tendría ansias de progreso, búsqueda de mejoras sociales y anhelos de libertad: estaría, en otras palabras, entrampada en una oscuridad opresora. Y para discutir —no destruir— esas verdades, la educación es esencial.

Así como los griegos y los romanos cultivaron las letras, origen de la libertad civil, Bello ve un estrecho vínculo entre la religión católica —principal difusor educativo de la época—y las letras: la revelación y la naturaleza interpelan al hombre en términos similares, y éste no puede desatender al llamado recibido. Bello cree que la ciencia y las letras logran aumentar los placeres y goces del individuo, y es precisamente el ejercicio de estos saberes, el enriquecimiento constante de los mismos, un placer: «que […] sacude de nosotros aquella inercia a que de otro modo nos entregaríamos en daño nuestro y de la sociedad».

Bello parece decirnos que la educación, el placer por aprender, nos abre nuevas perspectivas, estremece nuestro interior: «El entendimiento cultivado —nótese la similitud con Kant— oye en el retiro de la meditación las mil voces del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en torno a la lámpara solitaria que alumbra sus vigilias».

Sin embargo, no es sólo este goce por el saber lo que mueve el discurso de Andrés Bello; como al comenzar, cuando no pudo desvincular la religión de la moral —un binomio inseparable—, Bello acepta que la educación eleva el carácter moral del pueblo, esa masa que puede caer bajo las seducciones fáciles y corruptas. Es en esta línea donde el autor sitúa la importancia última del oficio de la educación, y es por ello que clarifica un rol que tendrá la Universidad de Chile: velar por el desarrollo de la instrucción primaria, los primeros pasos de la educación del futuro de Chile, aspecto al que volveremos en el punto dos de este taller.

Además, Bello cree en la dinámica de los círculos virtuosos en el plano educativo: «No bien brota en el pensamiento de un individuo una verdad nueva —argumenta—, cuando se apodera de ella toda la república de las letras». Se trata de un determinismo optimista, como el del filósofo Leibniz, de que podemos vivir en el mejor de los mundos gracias a las ideas del hombre. Es la mente humana, y no otra causa, la que promueve y aspira a la plenitud humana. Podrá haber fe y religión —Bello no para de mencionarlas—, pero su concepción ilustrada del progreso es insoslayable.

2. ROL DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE EN LA CONSTRUCCIÓN DEL PAÍS
El círculo virtuoso que Bello describe es parte del rol de la Universidad de Chile frente a la realidad del país: ésta institución, dice, deberá conformar un cuerpo académico expansivo y propagador. Es decir, que intervenga en el devenir de la nación. Y para lograr ello, el saber debe tener una repercusión práctica.

Retomando la idea de la instrucción primaria, sólo con una educación superior fuerte y vigorosa se garantiza el fortalecimiento de las primeras etapas del ciclo educativo formal: «La instrucción literaria y científica —plantea en el discurso— es la fuente de donde la instrucción primaria se nutre y vivifica».

Yendo a un plano más específico, la supervisión sobre la instrucción primaria debe garantizar el adoctrinamiento moral y religioso. Bello cree, en esta línea, que es un deber del funcionario universitario instruir moral y religiosamente al pueblo. Este punto es profundizado con mayor énfasis en el punto tres, cuando este intelectual desmenuce el rol de las ciencias eclesiásticas en la casa de estudios.

No obstante, el caso de las llamadas ciencias exactas es paradigmático de la contribución práctica que mencionamos al comenzar este apartado. Manteniendo la economía agrícola y minera heredada de su pasado colonial, Chile busca abrirse paso hacia los procesos industriales que el Viejo Mundo y los Estados Unidos ya han emprendido y que, por cierto, han abierto caminos de prosperidad —y de miseria[3]— insospechados en el desarrollo humano. Bello se pregunta: «¿Enumeraré ahora las utilidades positivas de las ciencias matemáticas y físicas, sus aplicaciones a una industria naciente, que apenas tiene en ejercicio unas pocas artes simples, groseras, sin procederes bien entendidos, sin máquinas, sin algunos aun de los más comunes utensilios?». Él sabe que la economía debe ser dotada de masa crítica que la impulse por nuevas sendas.

Un último aspecto que es preciso analizar en torno al rol de la Universidad de Chile es puesto por el mismo Bello a partir de la locución latina cui bono o «¿quién se beneficia?». Es precisamente a partir de las repercusiones prácticas de los frutos de la Universidad que la pregunta se instala: ¿será un organismo motivado por la búsqueda de beneficios mediatos? Él mismo da la respuesta: «La Universidad no confundirá, sin duda, las aplicaciones prácticas con las manipulaciones de un empirismo ciego».

Valiéndose de las palabras de Nicolas Arnott, Bello apuesta porque el conocimiento de las leyes generales de la naturaleza nos alejará de la tierra «extraña y hostil», y fortalecerá los conocimientos particulares. Podremos caminar, así, junto a «seres conocidos y amigos», alejados de la ignorancia. Serán estos conocimientos particulares los que determinarán el contenido curricular de la institución que él preside, aspecto que revisaremos a continuación.

3. «EL PROGRAMA DE LA UNIVERSIDAD ES ENTERAMENTE CHILENO»
Si la Universidad de Chile debe intervenir en el desarrollo del país y consolidar sus aplicaciones prácticas, su proyecto curricular debe, por tanto, ajustarse a esa realidad, y sus frutos —los dulces frutos aristotélicos— deben nutrir la realidad local.

Dice Bello:

«La Universidad examinará los resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla, y leerá en sus guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en este, como en los otros ramos, el programa de la Universidad es enteramente chileno: si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria».

El autor parte de una premisa básica: la ciencia es un saber universal; de nada sirve —y dejaría de ser ciencia— si sus resultados no son replicables. Gracias a esta premisa, Bello ve en el desarrollo europeo, en el avance epistemológico de la ciencia —y en ese progreso constante que aseguraba la Ilustración—, los palafitos que sostienen una naciente investigación aplicada a los problemas de la «loca geografía» chilena, como diría Benjamín Subercaseaux[4]. En resumen, la cita se refiere a que si se toman prestadas deducciones de cada disciplina en cualquier parte del mundo, los docentes chilenos se encargan de desarrollarlas en la Universidad, ya que con ello se fortalece nuestra patria. Al respecto, señala:

«La opinión de aquellos que creen que debemos recibir los resultados sintéticos de la ilustración europea, dispensándonos del examen de sus títulos, dispensándonos del examen del proceder analítico, único medio de adquirir verdaderos conocimientos, no encontrará muchos sufragios en la Universidad».

Aunque se tomen elementos teóricos de otros países, siempre se debe conservar la esencia chilena, ya que hay una serie de factores que influyen: clima, costumbres, comidas, etc. Pero el objetivo siempre será el mismo, dependiendo de la disciplina. A fin de cuentas, lo que hace Bello es desconfiar del saber por el mero saber, del desarrollo de una universidad antes como infraestructura y tradición que como mecanismo de progreso útil. Ejemplos de esta confianza ilustrada —y proactiva diríamos hoy— son las definiciones de las disciplinas que Bello desmenuza en su discurso inaugural. Revisemos algunas de ellas.

Las ciencias eclesiásticas[5], dice, requieren de la formación de ministros del culto para proveer al pueblo de una adecuada educación moral y religiosa; es decir, sólidos conocimientos del dogma y la historia de la fe, el sostén espiritual de una comunidad que se congrega política y religiosamente. Su diagnóstico es claro: la herencia colonial española perdura a través de la religión y es, por tanto, garantía de cohesión social.

Las leyes, en tanto, son aquellas que tienen directa relación con la vida cívica de la república. Su utilidad, sus resultados, las mejoras que propicien, «es lo que principalmente espera de la Universidad el gobierno». Pero como esta nación recién nace, la legislación debe nacer al mismo tiempo con ella, ser gemelos en cierto modo, y, fundamentalmente, ser purgada de las lacras del despotismo que el pasado colonial dejó impregnadas. Para dar luces en esta línea, Bello propone volver al estudio de los romanos y su base jurídica, campo de estudio que aún permanece en la formación universitaria de los abogados.

La economía —y de esta disciplina nace la cita que destacamos— deberá leer en los «guarismos» de la sociedad la expresión de nuestras necesidades. Ejemplo de ello son los censos de población que aclaran la distribución espacial de nuestros habitantes.

Otro ejemplo es en la medicina: aunque se apliquen distintas fórmulas o reglas, su plan seguirá siendo el mismo; tomando en cuenta el tema de la higiene, tendrá el mismo objetivo (la conservación de la salud), pero se enseñará y se aplicará de diferente manera. La medicina deberá diagnosticar el entorno físico y medioambiental del hombre. Pero ligando sus frutos al desarrollo nacional, delineará los avances en materia sanitaria o, en el decir de la época, «de la higiene privada y pública».

Por último está el departamento literario que depura las costumbres y afina el lenguaje. La idea de comunicación diáfana, de ideas prístinas —propias de naciones civilizadas—, proviene de esta disciplina. Y el estudio de la lengua propia se multiplicará con nuevas voces que encaren las nuevas ideas.

CONCLUSIÓN
Andrés Bello fue un intelectual de peso en la conformación de nuestra república. Su discurso de inauguración de la Universidad de Chile da cuenta de su pensamiento en torno a la importancia de la educación: para él es un ejercicio que enmienda el rumbo de un pueblo y lo aleja de la barbarie. En esta línea, la universidad debe ponerse al servicio del país, partiendo por la supervisión de la instrucción primaria, pasando por el soporte espiritual y moral, y culminando en los resultados prácticos de las disciplinas que ahí se cultivan y que deberían repercutir positivamente en el progreso nacional. Bello cree en la libertad de esta tierra, pero él sólo ve libertinaje, «embriaguez licenciosa, en las orgías de la imaginación». En su discurso, por tanto, delineó un ordenado y eficiente modelo educacional, lo que tenía en mente. Si cumplió sus expectativas es materia de otro análisis, pero ahí reside, creemos, la importancia de esta casa de estudios —amparada en la herencia de Bello— en el desarrollo educacional chileno.


[1] Jaksic, Iván; “Andrés Bello y la prensa chilena, 1829-1844”, en: Alonso, Paula (comp.) Construcciones impresas (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004), p.109
[2]
Bello, Andrés; Discurso pronunciado en la instalación de la Universidad de Chile el día 17 de septiembre de 1843. Las citas presentadas a continuación y que van entre comillas corresponden a las palabras de Bello en esa intervención.
[3]
Recién a fines del siglo XIX se impondrá en nuestro país la “Cuestión social”, en parte gracias a la contribución de las reflexiones eclesiásticas en torno al tema. Por ejemplo, la publicación de la encíclica Rerum Novarum, promulgada en 1891, que versó sobre las clases trabajadoras.
[4]
Subercaseaux, Benjamín; Chile o Una loca geografía (Santiago: Editorial Universitaria, 2001)
[5]
Recordemos que durante el siglo XIX la Iglesia y Estado eran un organismo simbiótico y mutuamente influenciado. Esta relación sólo se quebrará en 1925, con el advenimiento de una nueva Constitución política.

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