Rasgos antropológicos de nuestra identidad*

¿Cuánto del espíritu colonial y decimonónico se arrastra hasta hoy? ¿Cuánto de esa alma se evaporó en el camino? Distintos expertos e investigadores repasan cambios culturales de los últimos siglos: la composición y sabor de nuestra cocina, la pérdida de juegos cotidianos, los contornos del humor y el perenne legado de la tradición oral.

Una persona cree que todos los demás retratos son buenos, excepto el de sí mismo.
EDVARD MUNCH

PCV.— Hay retratos llamativos por su simpleza. No sólo cuando se perpetúan en un lienzo, sino también cuando articulan párrafos y observaciones. Una descripción, escrita en inglés, propone lo siguiente: “Los chilenos son conocidos por tener una actitud relajada hacia la puntualidad”. A continuación agrega: “El desayuno chileno es bastante simple. Usualmente incluye una taza de café o té, con pan y mantequilla”. Por último, concluye: “Un gran número de hombres chilenos tienen una actitud de superioridad hacia las mujeres, fenómeno conocido como machismo”.

Las afirmaciones precedentes podrían venir de un foráneo testigo de nuestra cotidianidad, pero sólo es una anónima recomendación -rotulada como “usos y costumbres”- que un sitio web turístico ofrece al extranjero. La prosa del texto, no obstante, guarda similitudes con otros testimonios. Por ejemplo, los cuadros costumbristas de la inglesa Mary Graham, avecindada en Valparaíso en 1822, o los “Recuerdos del pasado” (1882), de Vicente Pérez Rosales. A ellos se suman Samuel Johnston, José Zapiola, Claudio Gay e incluso fray Melchor Martínez, escriba de la Reconquista española.

Son autores que con su pluma fotografiaron el “espíritu cultural de una época”, expresado en modos de comer, hablar, vestirse e incluso reír, jugar y festejar. Pero ¿cuánto de ese espíritu se mantiene y cuánto se evaporó en el camino?

Un retrato contemporáneo

En las reflexiones sobre nuestro pasado suelen converger conceptos como identidad, cultura y tradición, siempre acechados por la veleidad del tiempo o las injerencias foráneas. Micaela Navarrete, directora del Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional, sugiere instalar otro tópico: el cariño. “¡No nos gusta vernos como somos!”, exclama, desencantada de la omisión de nuestras costumbres más cotidianas.

La historiadora Isabel Cruz también cree que padecemos de un cariño no concientizado sobre nuestra tierra y su gente, “que puede adquirir las más diversas formas de negación y olvido”, y que en las élites intelectuales deviene en una tormentosa introspección. “Esta relación conflictiva es lo que ayuda a explicar la hipervaloración de lo extranjero en aras de lo propio, que puede llegar a cuotas impensables de negatividad, planteando la eliminación o erradicación de la memoria histórica”, argumenta.

Para el sociólogo Jorge Larraín, vicerrector académico de la Universidad Alberto Hurtado, nuestra identidad no sólo nos describe -la idea del retrato-, sino que envuelve sentimientos de lealtad y fraternidad. “Son cosas como las que sucedieron durante el Mundial de Fútbol. Ahí la nación se une. Hay una movilización nacional. Es pasajero, pero las identidades van cambiando y necesitan, de vez en cuando, una ritualidad, una liturgia para recordarle a la gente que son solidarios”.

Larraín es optimista sobre nuestra fortaleza identitaria. Aunque “celebremos” Halloween o comamos hamburguesas, eso no forma parte de nuestro relato. “Lo que debilita a una identidad es la pérdida de solidaridad interna”, asegura. “Hay mucha gente joven -acota Cruz- que está inaugurando una comprensión más positiva de nuestro ser cultural, más segura de sí y comprometida con lo patrimonial en su sentido amplio. Eso puede dar impulso a obras libremente creadoras. Talento, ingenio y soluciones no faltan”.

Según Micaela Navarrete, el Bicentenario ha carecido de una discusión adecuada sobre nuestro pasado y nuestro presente. Tenemos obras públicas, como ocurrió en el Centenario, pero a ese hormigón armado le falta una narrativa. La antropóloga Sonia Montecino integró la Comisión Bicentenario para aportar en esos propósitos, anhelo que en el largo plazo, afirma, fue truncado. Sin embargo, aún cree que hay tiempo para actuar: “Esa discusión siempre debería estar presente porque tiene que ver justamente con el modo en que nos miramos, y el cómo nos miramos tiene que ver con el ahora”.

“La cultura es necesariamente dinámica”, expresó hace algunos años Manuel Dannemann, autor de la “Enciclopedia del folclor de Chile” (1998). Por ello, hemos querido revisar algunas de las manifestaciones culturales de nuestro país -humor, cocina, oralidad, festividad- que han padecido cambios o han gozado de permanencias. Es un modesto retrato contemporáneo de lo que fuimos y lo que somos.

La ruta del boca en boca
Hay historias más viejas que los libros. “Don Domingo Pontigo -señala Micaela Navarrete, aludiendo a uno de los más prolíficos poetas chilenos del canto a lo divino- nos puede decir décimas de los mineros, pero también de la creación del mundo, de Carlomagno, de los siete padres de Francia, lo que es literatura clásica para la gente culta”.
El sagaz Pedro Urdemales -paradigma del pillo chileno- forma parte de esas historias en que abundan los enredos y tretas. Conocido en España como “Urdemalas” y otras derivaciones, sus embaucamientos se trasvasijaron a América y Chile. “¿Por qué no se pierde Pedro Urdemales?”, se pregunta Navarrete. “Porque es un personaje querible, que tiene más picardía que maldad”.

No ha sucedido lo mismo con las adivinanzas, esa perspicaz fraseología que pone a prueba la asociación espontánea. Pongamos un ejemplo que alude a un objeto de madera y púa: “Para bailar me pongo la capa/ porque sin capa no puedo bailar/ para bailar me quito la capa/ porque con capa no puedo bailar” (el trompo). En los velorios campesinos aún se estilan las adivinanzas, pues la gente suele pasar la noche narrando tramas y recordando refranes.

“Todo se transmite oralmente”, indica Navarrete. “Mientras más años tenemos, más memoria tenemos. Son saberes que hay que leer”. Y no se trata únicamente de las andanzas de Pedro Urdemales, pues también están las santiguadoras y los organilleros, recetas de cocina, refranes, payas, canciones y décimas, como las reunidas en la “Lira popular” de fines del siglo XIX. “El hecho de que una comunidad valore lo que tiene, lo reviva, lo vuelva a pasar por el corazón -eso es lo que significa ‘recordar’-, eso ya es guardar el patrimonio. ¡Si no hay cariño, no sacas nada!”.

Juego y fe popular
En su “Atlas de historia física y política de Chile”, Claudio Gay incluyó una lámina titulada “Juego de bola”. La imagen muestra el interior de una ramada, donde un grupo de sujetos intenta mover una bola, con una vara de madera, para que pase bajo una argolla de hierro. Un rústico émulo del golf.

Según los apuntes del folclorista Oreste Plath, este juego se abandonó en el último cuarto del siglo XIX. En la centuria pasada ocurrió lo mismo con otros. Para Micaela Navarrete existe un par de razones. “Una, por falta de cariño y por entusiasmo por lo extranjero. Y lo otro es porque los niños ya no tienen vida de barrio. Ya no hay peloteo en la calle”. Navarrete cree que sólo en el campo y en los pueblos chicos hay un estímulo para que los niños sigan cultivando estos juegos: “Mis hermanos chicos hacían su trompo; hoy día los trompos vienen de China”.

Dentro de la cotidianidad popular aún se mantienen otras expresiones, principalmente ligadas a la ritualidad católica. “Hay cosas muy lindas. Por ejemplo, la fiesta de Andacollo”, acota Maximiliano Salinas. “Es de un protagonismo sumamente popular. De partida, la Virgen no es patrona de ninguna parte; es la ‘chinita’, una palabra quechua que significa mujer, la mujer de Andacollo. Se la honra, se la celebra con danzas precolombinas”.

“Tenemos una religiosidad con gusto por las procesiones, por los bailes, por las romerías”, dice Jorge Larraín. “Eso fue incorporado por la gente en la Colonia y hasta cierto punto seguimos con esa manera de ser religiosos: en las animitas, en la Virgen de Lo Vásquez”. Isabel Cruz, en tanto, cree que nunca hemos sido un pueblo muy alegre para festejar. “El chileno no es relajado, expansivo ni alegre. Siempre la fiesta ha estado ligada a la catarsis y a ese sentido de purificación que conlleva un renacimiento y regeneración del grupo y la persona”.

Ecos de una alegría colonial
“En la Colonia la gente se reía de la élite”, sostiene el historiador Maximiliano Salinas, autor de “La risa de Gabriela Mistral”. “Hay un obispo de Concepción, del siglo XVIII, que dice: ‘Yo le hablo a los indios del infierno, del castigo, trato de evangelizarlos, y ellos se ríen en mi cara diciendo que con el frío de Chile el fuego del infierno se apaga'”.

Ese humor burlesco, rabelaisiano, embriagado de ingenio, es un argumento, dice Salinas, para releer el sincretismo colonial -andino, mediterráneo y africano-, opuesto a la solemnidad de la Corona. “Estaba emergiendo un mestizaje ‘a todo cachete’. Había mucha vida, humor”.

En su diario, Mary Graham registró algunas resonancias de esa alegría colonial cuando anotó la letra de un cuándo (“Cuando será ese día/ de aquella feliz mañana,/ que nos lleven a los dos/ el chocolate a la cama”) y afirmó que este baile ladino era propio del país “de Sancho Panza”.

Durante el siglo XIX emergerá la prensa satírica, donde obstinados personajes como Juan Rafael Allende, excomulgado y casi fusilado, harán proliferar los panfletos risibles. “Después de Allende no pasa nada, pero se rescata en los años treinta con la revista ‘Topaze’ que se mantuvo como dispositivo humorístico durante cuarenta años. Se reía de toda la clase política”.

Salinas cree que luego del régimen militar y tras el retorno a la democracia se han estrechado los espacios de comicidad pública. Si bien el chiste es el vehículo humorístico por antonomasia, su tribuna no es la de antaño. “Cuando escucho a Kramer es un oxígeno, porque es un tipo que se ríe de todo. Está achicado el humor, apocado”.

Amnesia culinaria
En su “Apuntes para la historia de la cocina chilena” (1941), Eugenio Pereira Salas argumentó que “la historia de la alimentación humana” -vilipendiada como petite histoire – podía ser clave al descifrar determinados fenómenos. Por ejemplo, la costumbre de comer legumbres los lunes. “Eso está muy vinculado a un tema campesino”, explica Sonia Montecino, autora de “La olla deleitosa” (2005). “Se pensaba que así empezabas la semana con energía. Si miras qué ofrecen los lunes los restoranes, te darás cuenta que son legumbres”.

“Nuestra cocina es fundamentalmente mestiza”, dice el abogado Augusto Merino, la pluma detrás de las crónicas culinarias rubricadas por Ruperto de Nola. “Uno de los platos dulces más populares de Chile es el kuchen , algunos embutidos y el chucrut para ese gran ejemplo de mestizaje que es el ‘sánguche’ alemán”. En nuestro heterogéneo recetario, muchos platos son patrimonio continental. Las empanadas, cazuelas y carbonadas se comen, con variaciones menores, en países como Perú y Bolivia. “El único plato verdaderamente inventado en Chile -acota Merino- es el ‘valdiviano’, si es que exceptuamos el curanto chilote, que es más bien indígena que chileno”.

Sonia Montecino cree que en la cocina hay una continuidad fuerte, desde la humita de raíces prehispánicas hasta la cazuela como estructura con variaciones regionales, “donde está el tema de los caldos, de lo uterino”. La antropóloga plantea que sin el celo femenino -“en Chile quienes cocinan son las mujeres”- la tradición culinaria no dispondría de guardianas.

Sin embargo, las transformaciones operan impunemente. Hace dos siglos, el charquicán conservaba su ingrediente estrella -el charqui-, pero en algún momento comenzó a ser reemplazado por los restos del asado, ese reducto de la cocina masculina.

“Estamos sufriendo un ataque profundo y casi irrecuperable de amnesia culinaria, por un complejo de inferioridad cultural que afecta no sólo a nuestra cocina”, denuncia Augusto Merino. Así, se han relegado exquisiteces como los bizcochos con huevo de mol, las papas con chuchoca y los grandes chupes, nombres que evocan el repertorio comestible de un Chile que se saborea en el roñoso papel del recetario, pero rara vez servido en un plato.

{*Publicado en “Especial Bicentenario”, El Mercurio}

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