La Tempestad, Shakespeare y la conquista de América

William ShakespearePCV.— En 1611 y en el Palacio Whitehall de Londres —a la sazón residencia principal de los reyes ingleses—, William Shakespeare presentó La Tempestad, un romance tardío escrito en el otoño de su vida y, quizás, la última de sus creaciones antes de morir cinco años después. De esta obra, que algunos nominan como el testamento literario de Shakespeare —Próspero, el protagonista del drama (¿o Shakespeare?), perdona a todos al final, en una suerte de despedida—, recogemos el siguiente diálogo que comentamos más adelante.

 

CALIBÁN
Tengo que comer. Esta isla
es mía por mi madre Sícorax,
y tú me la quitaste. Cuando viniste,
me acariciabas y me hacías mucho caso,
me dabas agua con bayas, me enseñabas
a nombrar la lumbrera mayor y la menor
que arden de día y de noche. Entonces te quería
y te mostraba las riquezas de la isla,
las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil.
¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax
te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos.
Yo soy todos los súbditos que tienes,
yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas
en la dura roca y me niegas
el resto de la isla.

PRÓSPERO
¡Esclavo archiembustero, que respondes
al látigo y no a la bondad! Siendo tal basura,
te traté humanamente, y te alojé
en mi celda hasta que pretendiste
forzar la honra de mi hija.

CALIBÁN
¡Ja, ja! ¡Ojalá hubiera podido!
Tú me lo impediste. Si no, habría poblado
de Calibanes esta isla.

Próspero, duque legítimo de Milán, desterrado por su hermano Antonio, vive en una isla desierta con su hija Miranda. En esa ínsula, Próspero reina como no puede hacerlo en su ducado, y somete a tratos vejatorios al nativo Calibán, su «tortuga» y «repugnante esclavo».

Próspero, cual colonizador, ha despojado a Calibán de su tierra: «Esta isla es mía por Sycorax, mi madre —dice el nativo—, y tú me la robaste»[i]. El autocoronado rey asegura que un reproche así es por que Calibán responde a los «latigazos y no [a] la bondad»[ii]. Incluso reprende al nativo por ser una basura incapaz de «tratar con las naturalezas puras», pese a que Próspero lo dotó de palabras para comunicarse. «¡Que caiga sobre ti la peste roja por haberme enseñado tu lenguaje!»[iii], es la respuesta del agraviado esclavo.

El diálogo demuestra el problema que los europeos introdujeron en los nuevos territorios conquistados. La otredad, para el conquistador, se determina sólo a partir de las características ya conocidas. Dice al respecto Montaigne: «Cada cual considera bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres»[iv]. Para el francés, el europeo sólo se valía de sus ideas y usos como modelos para entender la verdad y la razón. En otras palabras: el otro americano debía ser como el europeo quería que fuera.

Próspero maltrata a Calibán siguiendo este paradigma, pues Shakespeare ha trasladado este fenómeno a su literatura, justificando, así, una serie de comportamientos y acciones que construirán el discurso europeo y anglosajón sobre América: la violencia, física o simbólica, contra el aborigen, el nativo, es una conducta deseable e imperativa. El salvajismo de los naturales no es bueno —Calibán suena a caníbal—; por ello deben ser educados, evangelizados, socializados. «Doté a tu pensamiento de palabras que te permitieran comunicarte» es la acusación de Próspero: el traspaso del lenguaje es la transmisión de una cultura. Europa, a través del castellano y el inglés, coopta a los nativos, los hace parte de ellos, pero no como ellos. Se entienden mutuamente, pero sólo ahora que el otro ha sido socializado.

Shakespeare plantea, a través del discurso de Próspero, que el nativo no tiene identidad y no está —ni estuvo— sometido a estructuras, normas y dinámicas sociales. Montaigne, en tanto, creía que las nuevas «naciones» americanas eran bárbaras no por su salvajismo, sino que por su mayor cercanía con la inocencia general, extinta, a su parecer, del Viejo Mundo: «Rígense todavía según las leyes naturales, apenas adulteradas por las nuestras»[v].

Montaigne y Shakespeare fueron contemporáneos. Con La Tempestad, el inglés abonó el ímpetu conquistador que concretó Inglaterra recién en el siglo XVII: la masacre de Norteamérica sería brutal e implacable. Montaigne se lamentó, quizás premonitoriamente, de que las mentes del Viejo Mundo —una mente como la de Shakespeare— no hubiesen sido otras: «Me apena a veces que no hayan sido conocidas [las leyes de los nativos] preferiblemente en la época en que había hombres que habrían sabido juzgarlas mejor que nosotros»[vi].


[i] Shakespeare, William; La Tempestad (Buenos Aires: Ediciones Libertador, 2004), p. 38
[ii] Shakespeare, William; op. cit., p. 39
[iii] Shakespeare, William; op. cit., p. 39
[iv] Montaigne, Michel de; “Del canibalismo”, en Michel de Montaigne, Ensayos (múltiples ediciones), p. 267
[v] Montaigne, Michel de; op. cit., p. 268
[vi] Montaigne, Michel de; op. cit., p. 268

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