Apuntes para una historia visual del dinero

Las monedas y billetes preservan las imágenes de una nación. Un nuevo libro analiza nuestro repertorio numismático y se sumerge en los símbolos, alegorías y eventos de los medios de pago que han contribuido en la construcción de la identidad chilena. Para el Bicentenario se proyecta abrir un museo que albergará la colección del Banco Central.

Patricio Contreras Vásquez

En junio de 1791, una enigmática familia aristócrata salía de París, cuna de la agitación jacobina. Cuando los carruajes llegaron al pueblo de Sainte-Menehould, el jefe de la oficina postal identificó a los viajeros. “Había una mujer, a quien creí reconocer como la reina —declaró Jean-Baptiste Drouet—, y frente a ella había un hombre. Me llamó la atención el parecido de su rostro al del rey, impreso en un ‘assignat’ que tenía conmigo”. El episodio tuvo un desenlace fatal: el monarca francés fue detenido y condenado a morir guillotinado.

La escena, conocida como la “Fuga de Varennes”, demuestra la relevancia de las imágenes en una era de escasas fuentes visuales. “Los rasgos de los emperadores y reyes no estaban lo suficientemente detallados en las monedas como para que sus caras fueran reconocidas”, escribió Elizabeth Eisenstein en “La revolución de la imprenta en la Edad Moderna europea” (1983). “Pero un retrato grabado en papel moneda —agregó— hizo posible que un francés vigilante reconociera a Luis XVI”.

Los “assignat” que delataron al rey eran billetes creados para suplir la quiebra del erario público, y la Asamblea Nacional aprovechó el poder disuasivo de las monedas y billetes —el cono monetario— para incorporar los emblemas revolucionarios. Era la suma del doble poder del dinero.

Una publicación del Banco Central aborda el uso histórico de imágenes y alegorías en nuestros medios de pago. “Iconografía de monedas y billetes chilenos” es una investigación realizada por Juan Manuel Martínez y Lina Nagel, dos historiadores del arte, y fue presentado en noviembre de 2009 tras la emisión del remozado billete de cinco mil pesos.

Lina Nagel, quien trabaja en el Centro de Documentación de Bienes Patrimoniales, dependiente de la Dibam, alaba este rediseño. “Es novedoso, pero hay una cosa que lo va encadenando con el antiguo”. Para ella, la cotidianidad del dinero no permite la observación minuciosa de sus temas, paisajes o retratos, ese análisis cotidiano -y quizás ineludible- en los tiempos de Jean-Baptiste Drouet. “Este libro, de alguna forma, abre los ojos a los billetes y a las monedas chilenas”, asegura Nagel.

El cambio simbólico
El 1 de octubre de 1743, el Consejo de Indias aprobó la creación de la Real Casa de Moneda de Santiago, y seis años después se acuñó la primera pieza con el rostro de Fernando VI. “Cuando Chile era parte del Imperio Español -cuenta Juan Manuel Martínez, curador del Museo Histórico Nacional-, las monedas eran un medio de cambio, pero tenían una función pedagógica: instruir a los súbditos sobre el rey”.

Esta utilidad adicional es antigua. “La moneda como un sistema de ‘propaganda’ era exactamente igual en tiempos de los romanos”, afirma Lina Nagel. Familiar es la escena bíblica que sugiere Martínez: Jesús es interpelado sobre el pago de tributos y pide que le enseñen un denario. “¿De quién es esta imagen y la inscripción?”, pregunta. “Del César”, es la respuesta.

Sin embargo, la Independencia fracturó el cariz monárquico de la moneda, alimentado, en adelante, por un repertorio simbólico: el volcán en erupción, la columna de la libertad, el sol que nace en los Andes. “Ya no había un rey, y se debía inventar una idea fuerza que uniera a los ciudadanos”, plantea Martínez. Un bando promulgado en 1817, apuntando a Fernando VII, sentenció el nuevo espíritu: “Sería un absurdo que nuestra moneda conservase ese infame busto de la usurpación”.

Un paradigma del “cambio simbólico” que Martínez y Nagel identifican es el cuarto de real, conocido también como “Trucha de Maipo” o “Moneda del Canal San Carlos”, pues se destinó para el pago de la construcción del acueducto homónimo en 1821. Fue la primera moneda de cobre y la primera con el lema “República de Chile”. El volcán furioso, una cruz y una trucha preñada -símbolo de la abundancia- componían la pieza.

Además de la rústica tecnología que manejaba la Casa de Moneda, la principal continuidad fue el peso y diámetro de las piezas, inalterables hasta 1851. La inglesa Mary Graham las describió, en 1822, como “lo más imperfecto y grosero que hasta ahora he visto en materia de monedas”.

Figuras masculinas
A mediados del siglo XIX, la falta de circulante llevó a que los bancos privados emitieran su propio papel moneda, masificando los medios de pago. La impresión de billetes, no obstante, debía hacerse en otros países.

“Cada billete tenía elementos de la mitología —dice Nagel—, porque se mandaban a hacer a Nueva York y la fábrica presentaba un catálogo para elegir. El Estado no se metía en el diseño. En el siglo XIX, si los bancos querían, ponían a la abuelita del dueño”. Esto suscitó casos curiosos: billetes verticales, como los del Banco de Santiago, o billetes sin uso, como los del Banco de Rere, que se disolvió antes de que sus papeles llegaran de Inglaterra.

El aumento del papel moneda fortaleció, además, la “masculinización” del cono monetario. “Lo femenino -acota Martínez- era alegórico; lo masculino, en cambio, siempre era concreto: los fundadores de la Patria, los héroes”. Para Lina Nagel, el Estado mantuvo una deuda que sólo se saldó en 1981 con la emisión del billete de cinco mil pesos en honor a Gabriela Mistral. “Fue el primer retrato identificable”, afirma. “Antes sólo hubo una suerte de decoración”.

Con la creación del Banco Central —que desde 1925 se adueñó de la emisión monetaria—, el Estado apostó por consolidar la identidad nacional con diversos recursos. La imagen de la obra pública, alarde material de progreso, fue recurrente. “Poner el Puente Malleco significaba unir el norte y el sur”, acota Nagel. También se utilizaron pinturas históricas de Pedro Subercaseaux, Thomas Somerscales y Pedro Lira. “Con la Guerra del Pacífico -indica Martínez- hay un cambio al buscar algo propio. Por ahí hay historiadores que dicen que Chile es Chile a partir de la Guerra del Pacífico: hay una especie de identidad”.

El espíritu de la época
Para Jacob Burckhardt, famoso historiador decimonónico, las imágenes permitían leer el pensamiento de una época determinada. Pero el análisis iconográfico impone dificultades que los investigadores no soslayan. “Las imágenes son testigos mudos -constató Peter Burke en “Visto y no visto” (2001)-, y resulta difícil traducir a palabras el testimonio que nos ofrecen”.

Nagel y Martínez plantean que hoy somos menos capaces para “leer” imágenes que antaño. “En esa época —dice Martínez aludiendo a la infancia republicana—, la gente leía la imagen, porque había mucho analfabetismo. Este libro es para descifrar símbolos que se van perdiendo. La idea central de las monedas es reflejar el momento, porque deben tener una validez, interpretación y apropiación por parte de la comunidad. Pasa a ser una forma de identidad nacional. Si no la tiene, los símbolos van decayendo, se van olvidando o van siendo poco importantes”.

Algunos de ellos, empero, se han enquistado en la iconografía monetaria, desafiando el “Zeitgeist” o “espíritu de la época”. Un ejemplo es la corona de laureles, evocación helénica de triunfo y fama. El escudo nacional y los retratos, plantea Martínez, son otras constantes: el busto de Bernardo O’Higgins, usado en las monedas de 50, 10 y 5 pesos, fue obra del acuñador francés René Thenot, nombre que reflotó en diciembre de 2009 al detectarse que un empleado de la Casa de Moneda —el grabador Pedro Urzúa— estampó, sin que nadie lo notara, la firma de Thenot en la moneda de 50 pesos. “Es un retrato que fue hecho en los años treinta”, agrega Martínez. “Es impresionante que esté desde esa época”.

Tanto él como Lina Nagel sostienen que la iconografía monetaria está condenada a sufrir una mutación perpetua. Del volcán en erupción que emulaba el Chile independiente, hoy no queda nada. “La historia va exigiendo nuevos desafíos”, advierte Juan Manuel Martínez. “Y, claro, de repente puede haber saltos radicales, pero también transiciones como las de los nuevos billetes chilenos. Al final es parte de la cotidianidad, pero también pasa a ser parte de la historia”.

Un museo numismático para Chile
Juan Manuel Martínez cuenta que en nuestro país han existido diferentes espacios para exponer el pasado numismático. Desde 2001, la Casa de Moneda de Chile alberga una exhibición sobre el tema. “En el Museo Histórico Nacional —dice Martínez— tuvimos durante diez años, en comodato, la colección del Banco Central”.

Esta institución, eje en la creación y conservación del cono monetario, también proyecta abrir un nuevo espacio de difusión de la historia económica y política chilena. Hace un mes se abrió el concurso para recibir anteproyectos que den forma al “Museo Numismático Banco Central”. Posteriormente se licitará el montaje y la implementación del museo, el cual deberá estar operativo a fines de este año. “Hay un público cautivo para esto”, asegura Martínez, quien alaba las iniciativas del Banco en esta línea. “Hay mucho interés en conocer el tema”.

*Publicado en “Artes y Letras”, El Mercurio

 

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