El quiebre patrimonial de la provincia del Cachapoal

La naturaleza sacudió las construcciones de adobes y tejas que rodean los ríos Cachapoal y Claro. Mientras algunas iglesias y casas coloniales fueron completamente destruidas, otras edificaciones batallan por mantenerse en pie. En algunosciertos casos casos existe la hay esperanza de la restauración. Acá una muestra de la pulverizada historia arquitectónica de la Sexta Región, una zona desatendida por los medios.

Patricio Contreras y Pablo Espinosa
Fotografías de Macarena Pérez

Rengo
En tiempos coloniales, la familia Mendoza poseía la mayoría de los terrenos cercanos a Rengo, entre los ríos Cachapoal y Claro. Las llamadas “casas de Mendoza”, con una capilla que después sería reemplazada por una iglesia, tuvieron diversos propietarios hasta que llegaron a manos del arzobispado de Santiago, que en 1892 las entregó a los padres asuncionistas. En 1983 arribarían sus actuales habitantes: las monjas benedictinas. Tras una remodelación y reestructuración del lugar, el terremoto de 1985 destruyó lo avanzado. Una nueva reedificación se inició, ahora con mayores recaudos. “El calculista, don Sergio Rojo, me dijo que resistía nueve veces en intensidad más que el terremoto anterior”, dice la hermana Isabel, guía del recinto. “Yo le dije: ‘Mejor no lo comprobamos'”. El remezón de la semana pasada puso a prueba el edificio. “Vinimos de España justo para los terremotos”, bromea la religiosa, aún sorprendida por la gran solidez del templo y las casas frente al sismo. Perdieron un retablo y se observan grietas en el estuco, pero no hay daños estructurales.

San Vicente de Tagua Tagua
El párroco Fernando Armejo escuchó, instantes después del terremoto, un gran estruendo. No tuvo que ver el templo para saber que se había derrumbado. La iglesia San Juan Evangelista había sido construida en 1824 por el clérigo dominico José Ignacio Cienfuegos. En el terremoto de 1985 se cayeron sus dos torres frontales, que, posteriormente, fueron reconstruidas. Ahora, junto a la parte delantera, son lo único que permanece. Fernando Armejo, señala: “Estábamos haciendo un trabajo de restauración. Recién habíamos terminado de pintar el interior. No había nada que anunciara el desplome”. La pérdida es total.

La Compañía
La Compañía de Jesús levantó esta iglesia en 1758. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, Mateo de Toro y Zambrano compró sus terrenos, ubicados al oriente de Graneros, y un siglo y medio después los padres pasionistas se hicieron cargo del templo. En 1974 se convirtió en la parroquia de la Inmaculada Concepción. La madrugada del sábado 27 de febrero, el padre Aquiles Correa escuchó el tañer de las campanas, el que fue silenciado cuando éstas cayeron al suelo. “Hubo un estruendo y una inmensa nube de polvo”, recuerda. El techo y los muros quedaron desparramados, y el fino retablo que vigilaba el altar —último modelo del barroco hispanoamericano— se partió y quedó aplastado. Con la ayuda de vecinos y voluntarios se logró rescatar la sección del relicario, y se espera darle un nuevo refugio.

La Torina
El templo de La Torina se construyó en 1767 en un terreno que perteneció a Mateo de Toro y Zambrano. Fue obra del arquitecto Joaquín Toesca, el mismo diseñador que diseñó de La Moneda. El añon 2001 se terminó de reparar y estaba en camino de convertirse en patrimonio nacional. “No alcanzó a ser patrimonio”, dice el párroco Omar Canales Contreras, y añade: “La iglesia se llenaba todos los domingos, y era muy querida por los torinos.”. Aunque todavía se mantiene en pie, los daños son graves y se teme que colapse en cualquier momento. La diócesis de Rancagua espera visitarla pronto para saber si es posible hacer algo para restaurarlaconservarla.

Guacarhue
En 1991 el pequeño pueblo de Guacarhue fue declarado zona típica y su iglesia, construida por Joaquín Toesca en 1779, monumento nacional. Todo este vecindario sufrió mucho deterioro por el terremoto y la iglesia es irrecuperable. Lo sorprendente, considera el párroco Héctor Pulgar, es lo que se salvó: “Las imágenes de la Virgen María, San José y San Francisco de Asís quedaron intactas”. El Cristo crucificado tampoco tiene daños, pero sacarlo, por ahora, parece muy arriesgado. Finalmente, Pulgar señala: “Lamentablemente se ha perdido la tradición de un pueblo. Este lugar, más que una iglesia, fue testigo de la historia de nuestro país”.

Graneros
La actual biblioteca y centro cultural de la Municipalidad de Graneros fue edificada por Gilberto Hodkinson en 1884. Allí antes existió una maestranza, se fabricaron carros de ferrocarril y -se dice- se armó el primer automóvil en Chile. En el año 1990 fue declarada patrimonio nacional. Aunque la fachada no sufrió deterioros, el segundo piso tiene daños estructurales importantes. Una de las murallas laterales, por ejemplo, se cayó. “Creo que es recuperable, pero hay que actuar rápido”, dice la arquitecta Carmen Luz Soto, quien se ha encargado desde el principio de la restauración de esta casa. Otra réplica podría significar que todo el segundo piso se derribe. Carmen espera instrucciones del Ministerio de Obras Públicas para intervenir.

Zúñiga: una zona típica que se puede recuperar
Este pueblo, cuyo nombre honra al presbítero Antonio de Zúñiga —promotor de una capilla erigida en 1765—, sintetiza la arquitectura campestre: un largo y sinuoso callejón es custodiado por muros de adobe y techos forrados con tejas. Hace cinco años fue declarado zona típica; hoy los acopios de escombros decoran sus aceras y los zuñiganos tratan de recuperar sus pertenencias. La Casa Lisboa, retén de carabineros hasta la década de 1970, profundizó su agonía por la furia telúrica. La parroquia Nuestra Señora de la Merced, Monumento Nacional desde 2005, sufrió daños en su parte nueva —el muro se inclinó hacia la calle— y en la nave lateral, lo que antiguamente se conoció como “la capilla del cura Zúñiga”. “En relación con otros lugares, a nosotros no nos pasó nada”, afirma el párroco Carlos Manrique. “Estamos organizados como vecinos. No queremos proyectos ni nada: queremos nylon. Esto hay que taparlo porque va a llegar el agua y ahí se va a venir todo abajo”.

Publicado en “Artes y Letras”, El Mercurio.

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