Apuntes del terremoto: Un ruido ensordecedor

PCV.— La pieza estaba oscura. Un leve bamboleo, el cristal del ventanal, quizás el ruido de los montículos de monedas de a 10 que caían, qué se yo. Algo me despertó. Mi radio-reloj Philips indicaba las 3:33 de la madrugada. Era el sábado 27 de febrero de 2010. Estiré mi brazo y alcancé a encender la lámpara del velador, dotada de una ampolleta de ahorro de consumo que tardó unos dos segundos en iluminar el espacio. No duró mucho la tranquilidad lumínica. Un remezón mayor me devolvió a las tinieblas y, de paso, trajo el estremecimiento de un ruido ensordecedor.

Era la tierra que crujía.

Antes de que la luz se fuera logré calzarme las chalas. El movimiento se acentuó y antes de abrir la puerta —esperando que los marcos no se descuadraran y me dejaran atrapado— vi como las repisas de mi escritorio se ladeaban hacia la muralla, como si un castillo de naipes sucumbiera al filo de una mesa. La imagen me estremeció. “Este es uno fuerte”, dije para mis adentros.

Salí del cuarto y doblé a la izquierda, hacia la pieza de mis abuelos. Él, sentado, recién operado de su marcapasos. Ella, tratando de acercarse. Palabras indescifrables, lamentos y plegarias se mezclaron con el rugido de la tierra, que se retorcía con furia. Pensé en el escape, pero pronto deseché la idea de bajar cinco pisos con el maldito bamboleo del edificio.

Opté por quedarme ahí. Saqué un valor inútil y cosmético, y llamé a la calma, diciendo que ya había terminado cuando en verdad estábamos en la mitad del terremoto. En todo el frenesí ensordecedor escuché la caída de más objetos —parlantes, un par de floreros, un vaso que estaba en el lugar menos indicado— y vi, con terror y perplejidad, el destello apocalíptico de los postes del alumbrado, tiritones como una palmera en medio de un huracán telúrico.

Paulatinamente se calmó. No sabía cuántos minutos habían pasado. Algunos dijeron cinco, otros diez. Dejó de temblar y el edificio se ladeaba como un palo de goma. Pronto se desplegó la réplica interna, el destemplado y brusco latido del corazón, conciente de que la muerte estuvo más cerca que nunca, al acecho, inminente, al punto de desearla para acabar de una vez con esa atmósfera infernal.

Curioso y terrible. Un escalofrío de la tierra —un gran espasmo de 8,8 grados en la escala de Richter— hizo temblar de miedo a casi todo un país. Quebró la calma prolongada desde 1985. Cambió, sin duda, nuestras vidas para siempre.

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