¿Vigencia o caída del adobe?

Un tercio de la población mundial vive en construcciones de adobe, mientras que la mayoría de nuestros patrimonios son de este material. El terremoto del 27 de febrero reinstaló la discusión sobre su cuestionada eficacia sísmica. Algunos expertos entregan sus recomendaciones ante la tentativa del “borrón y cuenta nueva”.

Patricio Contreras Vásquez

Después del terremoto de 1985, el templo Santo Domingo de Guzmán en Lonquén —edificado por Domingo Fernández de la Matta, abuelo de Santa Teresa de Jesús— sufrió daños en el altar y la entrada. Con premura, el municipio de Talagante ordenó su demolición. Las Hermanas Josefinas de la Santísima Trinidad, custodias del lugar, buscaron salvar el centenario inmueble y acudieron al arquitecto Francisco Cosmelli (fallecido en 2007). “Tuvimos que zanjar el primer paso —rememora Marcelo, hijo de Cosmelli y también arquitecto—, que era levantar la orden de demolición. Creíamos que se podía restaurar”.

Finalmente, la iglesia de columnas jónicas, arcos románicos y estilo colonial —una curiosa mixtura— se salvó y, además, resistió, con daños cosméticos, el terremoto del 27 de febrero.

La semana pasada, el pueblo Villa Prat, cercano a Curicó, no gozó del mismo trato. Un grupo de arquitectos e ingenieros visitó el lugar y vio el deterioro de los corredores de la localidad. Cuando volvían a Santiago, no quedaba nada: el bulldozer había concluyó su tarea. “Fue impactante llegar a un pueblo precioso —dice José Antonio Berríos, ingeniero civil que visitó la zona—, y que cuando nos fuimos estuviera en el suelo. La municipalidad fue increíblemente eficiente para hacer algo donde no había apuro”. Esto se repite en Nancagua, en el valle de Colchagua. “Las autoridades se han precipitado”, dice Nieves Cosmelli, arquitecta y ex alcaldesa de la localidad. “Están botando casas del centro. Les he pedido esperar el informe de Mathias Klotz, pero ya dieron la orden”.

Villa Prat y Nancagua son ejemplos truncados de un porvenir patrimonial. Es justo lo que no ocurrió en la iglesia de Lonquén, veinte años atrás.

Técnica milenaria
Todo comenzó, al parecer, en Çatalhöyük, un pueblo neolítico que existió alrededor del 7500 antes de Cristo, en la península de Anatolia, parte asiática de la actual Turquía. Las progresivas excavaciones realizadas desde mediados del siglo XX dan cuenta del uso de adobe en sus edificaciones.

Con azarosa coincidencia, la utilización del adobe —esa intuitiva mezcla de barro y paja secada al sol— se extiende transversalmente por el planeta. Según la Enciclopedia Mundial de Vivienda, una de cada tres casas en el mundo fue construida con este material. “Es el sistema de construcción más fácil de hacer”, asegura Gabriel Barros, arquitecto restaurador de las Casas de Lo Matta y que a fines de 1984 inauguró una villa de casas de barro en Lampa, hoy aún en pie. “Las construcciones de adobe son las que requieren más mantención. Hay que evitar que las moje el agua”.

No es un material exclusivamente rural. “En Granada, la Alhambra está hecha, en general, de adobe”, afirma Raúl Irarrázabal, encargado de la reparación del Monasterio de Monjas Benedictinas de Rengo, que resistió casi incólume el último terremoto. “Chan Chan, en la costa peruana, al norte de Lima, es una de las mejores expresiones de urbanismo del siglo X después de Cristo”.

Los beneficios del adobe son múltiples: es aislante térmico y acústico, y entrega un toque estilístico inigualable, como si los muros fueran una prolongación del suelo. La materia prima se obtiene del mismo lugar, y puede reutilizarse. “Es un recurso inmediato y gratuito”, acota Hernán Rodríguez, director del Museo Andino. “Sumado a un oficio sabio y a una guía técnica, podría ser un elemento eficiente y válido”.

Adobe armado
Marcelo Cosmelli cuenta que para la restauración de la iglesia de Lonquén utilizaron un método novedoso para fines de la década de 1980, pero que hoy es recurrente: el llamado “canasto de mimbre”. “Como el adobe en su interior estaba fracturado, en base al canasto de mimbre decidimos ponerle malla por dentro y por fuera, y unirlo, irlo tejiendo”. La restauración, que duró un año y medio, le dio eficacia sísmica. “Nosotros decíamos: Esto va a aguantar”, recuerda Cosmelli. “Y ahora pasó la prueba de fuego”.

“Lo que hay que tener claro —plantea Jorge Swinburn del Río, arquitecto restaurador de una casona en Quinta de Tilcoco, en la Sexta Región, y de la remodelación de una bodega para la Viña Neyén, en Santa Cruz— es que el adobe no puede ser estructural”. Con un discurso pedagógico, Swinburn explica que hay materiales que funcionan a la compresión (cuando son apretados) y a la tracción (cuando son estirados). “El adobe, el ladrillo y la piedra son buenísimos para construir a la compresión: si aprietas el material, resiste muchísimo. Las catedrales de Europa están hechas así: las piedras están apretadas entre ellas, pero si le pegas un tirón, salen volando”. El hormigón solo también colapsa con el movimiento. “El hormigón, como hormigón, no aguanta un terremoto”, indica Cosmelli. “El gran descubrimiento del hormigón armado —acota Swinburn— es que funciona para los dos lados: funciona cuando lo aprietas y cuando lo estiras”.

La gran apuesta de Cosmelli es darle un esqueleto al adobe. “Es como el cuerpo humano: los músculos no aguantan, hay que meterle huesos. El hormigón no aguanta un terremoto; el hormigón armado sí. Entonces, hay que hacer adobe armado”.

La alternativa para este propósito, sugieren Swinburn e Irarrázabal, son las estructuras de madera. “Eso es calculable”, dice Swinburn. “El ingeniero nos puede decir el tamaño del perno y la escuadría de la madera. Le pones una malla y barro. Madera y adobe hacen un símil con el cemento y el fierro. La madera también se puede traccionar”.

Demoler o desmantelar
Según la Comisión Nacional de Bienes Culturales de la Iglesia (CNBCI), en Chile tres de cada cuatro inmuebles patrimoniales pertenecen a la Iglesia Católica. La semana pasada, la CNBCI envió indicaciones a todos los párrocos cuyos templos hayan sufrido daños; el Consejo de Monumentos hizo lo propio para edificios históricos y patrimoniales. María Elena Troncoso, secretaria ejecutiva de la Comisión, reconoce la necesidad de que los sacerdotes reciban una formación patrimonial en el Seminario y anticipa que el cardenal Francisco Javier Errázuriz ya se contactó con el padre Gabriel Guarda, presidente de la CNBCI, para avanzar en esto.

La CNBCI, además, realizó una inédita reunión que congregó a diversas instituciones como el Colegio de Arquitectos, el Consejo de Monumentos y Universidades. El principio que articuló la discusión fue el respeto de la veracidad histórica del patrimonio.

“Yo no demolería nada, sino que desarmaría. Es otro concepto”, propone Marcelo Cosmelli. Mientras la demolición implica arrasar con las partes dañadas o aún en pie —dejando sólo “desechos”, como apunta Hernán Rodríguez—, el desmantelamiento, dice Cosmelli, es más científico y largo. Para Rodríguez, esta opción es razonable. “Si no, se está destruyendo un capital importante: puertas, vigas, ventanas; son elementos reutilizables”.

Cosmelli y Swinburn apelan a reedificar los templos tal como eran. El primero desecha la idea de las “maquetas” que emulen la construcción original. El segundo asegura que debe escucharse a la feligresía. “Esto no es un problema de creatividad, es un problema de sensibilidad. La gente no quiere ver una iglesia moderna, blanca. ¿Qué tiene que ver una iglesia punta de lanza en Lolol?”

Por la herencia material existente, Gabriel Barros confía en el adobe. “La experiencia es que hay construcciones que llevan miles de años, en Irán y otros países. No es problema del material”. Raúl Irarrázabal, en tanto, llama a la calma en medio de la vorágine reconstructora. “Una buena edificación de adobe -afirma- puede resistir temblores muy fuertes. El que tuvimos fue demasiado fuerte. Con un temblor normal, el adobe resiste”.

Reglas del adobe
María Elena Troncoso, secretaria ejecutiva de la Comisión Nacional de Bienes Culturales de la Iglesia, sugiere cuatro reglas, de origen “ancestral”, para una conservación del adobe. Primero, tener techos pesados que presionen y eviten la caída de los muros. Segundo, proteger el adobe de la humedad y aislarlo del contacto con el suelo. Tercero, mantener el diseño original. “Gran parte de los derrumbes se debe a ampliaciones que debilitan la estructura”, afirma Troncoso. Por último, reparar adobe con adobe o materiales compatibles, como la madera, asegurando la elasticidad frente a los sismos.

Publicado en “Artes y Letras”, El Mercurio.

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